Barbacoa




Barbacoa pertenece a la esfera de influencia de Challenger, cuando todo lo que escribía se reducía a una escena en la que un grupo de personajes charlan en torno a una mesa. Hubo un tiempo, durante mi formación como escritor, en que trabajé bastante el texto teatral. La conversación puede llenarlo todo, no hace falta mucho más, está todo ahí. De alguna forma, el lector va saltando de un personaje a otro y, cuando llega el final, tiene las mismas certezas y dudas que todos ellos. ¿Qué ha ocurrido? Pero, ¿lo mata o no lo mata? Me gusta que esa sea la primera reacción a mi trabajo: la incertidumbre. Después de todo, la vida es una infructuosa búsqueda de certezas y escribir es plantear preguntas. No se puede conocer la verdad a través de la literatura. Como mucho, comprender la realidad de un personaje a través de sus ojos, suponer la del autor por sus palabras y convencerse de que se ha entendido algo. Eso es todo. Al final uno cae en la cuenta de que tiene tantas o más dudas que al principio, le han tomado el pelo y nadie le ha explicado nada. Como la vida misma. Ahí tiene la puerta. Gracias por su visita. Adiós.




BARBACOA


La grasa que gotea sobre las brasas chisporrotea y arde. Hay que cuidarse de esos deslices repentinos, casi inesperados, que pueden dar al traste con una buena barbacoa casera. Ha comenzado la primavera y los ritos arcanos contemporáneos se disfrazan de atavismos comprensibles para alardear en el trabajo el lunes por la mañana. Por eso el papel del cocinero y anfitrión es una especie de título escolástico, casi sagrado, como un maestro de ceremonias con gorro y guantes, delantal de Hommer Simpson —Hot as Hell—, paleta y pinzas. Así luce Jordi, que reparte sonrisas y cervezas heladas y cocina para sus invitados. Sacerdote y adeptos. Carne muerta para celebrar el final del invierno.
La conversación, que podría discurrir por lugares comunes, previsiones estivales y prejuicios varios, se instala, como era previsible, en la noticia que ha sacudido València esa misma semana. Jordi no se sorprende ni se ofende, al fin y al cabo es uno de los protagonistas y, en cierta manera, lo esperaba con satisfacción y orgullo. Además de anfitrión y cocinero, es el personaje principal de la barbacoa.
Su mujer, Mar, está dando unos pocos detalles en baja voz, casi en un murmullo. Esther levanta las cejas y lo mira espantada. Él ha guiñado un ojo a causa de una vaharada de humo. El hombre que está de pie —gafas de pasta, polo a rayas, nombre de obrero: Paco—, con una lata de cerveza frente al pecho, tuerce la boca y le pregunta.
Entonces —dice. Hace una pausa, hasta que lo acepta: no hay eufemismos para lo que quiere preguntar —. ¿Te llevaron a comisaría?
Jordi se aleja del fuego y tose. Asiente. Da un largo trago a la cerveza.
¿No te asustaste? —Interviene otra mujer, menuda y sofocada, que sí está asustada.
No —responde él y ríe, despreocupado—. ¿Por qué?
Los otros intercambian miradas apuradas.
¿Te interrogaron? —Insiste Esther.
Esther, por favor —la reprueba Rovira, un tipo de cuerpo extraño, como si hubiese entrenado sólo de cintura para arriba en el gimnasio durante años, y cuyo mal transplante de pelo remata la semejanza a un muñeco articulado—, claro que lo interrogaron. Es normal en un caso así. ¿Verdad, Jordi?
Él se encoge de hombros y agradece la explicación del juguete hormonado. Después carraspea y controla las hamburguesas desde el rabillo del ojo.
Me tuvieron allí toda la mañana —explica. Sonríe con un lado de la boca y asiente varias veces—. Comencé el turno a las seis de la tarde y salí de comisaría casi a las cuatro. ¿Sabéis lo que es eso? Creo que me acabé el café de la máquina. Es horroroso. Ahora entiendo mucho mejor a los policías.
Todos ríen excepto la mujer bajita con cara de espanto y su propia esposa, Mar, que corre a matizar su declaración y apagar la repentina alegría.
Se portaron muy mal con nosotros —un tic involuntario la obliga a repetirse—. Muy mal. Muy mal. Como si fuésemos culpables de algo.
Qué horror —añade la bajita.
Es que la cosa no es para menos —dice el tipo de gafas y parece que su apunte ofende a Mar.
Joder, Paco —exclama y se vuelve hacia los niños antes de bajar el tono—. Que Jordi no tiene nada que ver en todo el asunto.
A su lado, la otra mujer sigue en su ensoñación privada y murmura: terrible.
Oye —pregunta Rovira a Jordi —, ¿y qué te preguntaron?
Pues lo típico. Que cómo era Enrique. Que cuánto tiempo hace que lo conocía. Que si venía alguien a visitarlo a veces. Que si patatín, que si patatán…
¿Y qué tal?
¿Qué tal? Bien. Yo les dije lo que sabía y ya está.
No, quiero decir, ¿qué tal con el Enrique ese en particular?
Joder, si yo soy el primer sorprendido por todo —explica Jordi con indiferencia —. Yo qué iba a saber.
La mujer bajita con cara de espanto se lleva la mano al pecho y camina en círculos.
Mira, Jordi —dice—, nosotros que te compadecíamos por tener que vigilar la morgue del hospital y resulta que el que estaba enfermo era tu compañero de turno. Es que lo pienso y no me lo creo.
Jordi sonríe y la toma por el hombro con la mano enguantada en la manopla.
Los vivos son el peligro, Dolors —dice —, siempre os lo he dicho, no los muertos.
Qué razón llevabas —corrobora Dolors, sin dejar de palmearse el pecho.
Hoy venían algunos detalles en el diario —añade Paco.
¡Ay, por favor!
Dicen que el tío podía llevar haciéndolo desde hace años y… —Explica Paco. Se detiene, empuja sus gafas en el puente de la nariz y esboza un gesto macabro — puede que incluso robase cuerpos en más de una ocasión.
¡Qué asco!
Es de película —Ríe Rovira —. De película.
Jordi retira las hamburguesas y comienza a salar unas enormes chuletas rosadas.
Yo es que no me explico cómo puede ser que nunca notases nada —insiste Esther con más incredulidad que suspicacia en el tono.
Supongo que es como cuando aparece un maestro pederasta —explica Jordi—. Tú misma eres maestra. Imagina que uno de tus compañeros es detenido un día. Aparece la policía y se descubre que ha violado a varios niños y que los grababa en video y compartía los videos en internet. Comienzan a aparecer padres y madres que algo sospechaban. Se monta un circo; sale a la luz una denuncia anterior… oh, misterio, nadie cayó en la cuenta hasta que fue demasiado tarde.
Pero tienes que atar lazos, pistas, detalles…
Claro, como en el caso del pederasta, que todo el mundo comienza a verlo claro cuando el tipo está entre rejas y media docena de chiquillos tienen el culo como un bebedero de patos.
Por favor, Jordi —Mar se vuelve hacia los niños que juegan en el jardín—, qué bestia eres.
Pues es lo mismo —continúa él—. A mi compañero, hasta que lo han pillado con las manos en la masa, era un tipo normal. Muy majo, de hecho.
Joder.
Pero, entonces —insiste Esther —, ¿no notaste nada?
Mira, es lo que te digo. Atar cabos a posteriori es muy fácil. Se tomaba su tiempo para hacer la ronda. Yo no le di importancia. Es normal. La noche es muy larga y cada uno se entretiene como puede. Salía a fumar, se daba un garbeo por el Hospital. Igual tonteaba con alguna enfermera del turno de noche. Pueden ser mil cosas. ¿Tengo que suponer que está en la morgue, con la polla en la boca de un muerto?
La respuesta unánime es un murmullo general de quejidos y arcadas fingidas. Jordi se concentra en las chuletas. Da la vuelta una a una y evita las repentinas llamaradas. Frunce el ceño. El sudor perla su frente y las arrugas sobre los labios.
¿Qué ocurre? —Continúa hablando—. No os pongáis exquisitos. Mejor con los muertos que con los vivos. ¡Es verdad! Al tipo le gustaba montárselo con fiambres, ¿dónde está el problema?
Jordi —Esther deja el nombre suspendido en el aire, apoya el peso sobre una cadera y levanta una mano—, ¿lo dices en serio?
Él se da la vuelta. Siente los ojos irritados por el humo. Todos esperan una respuesta, así que responde a todos.
¿Preferís que lo haga con los vivos? Dime que prefieres a un violador que a un necrófilo.
Tío —interviene Paco en una actitud parecida a la de su mujer—, son los restos de personas reales, con familia y amigos que esperan darles una sepultura digna.
No, no, no, no... —Jordi levanta las pinzas, como único dedo de la manopla —. Son cuerpos cedidos al Hospital para investigación y demás mandangas. Nadie los espera fuera con una corona de flores. No hay ninguna lápida con su nombre. Los utilizan para cualquier cosa, los hacen pedacitos o yo qué sé y, después van directos al horno.
Joder —murmura Paco—. No dejan de ser personas.
Muertas, personas muertas.
Que cedieron su cuerpo a la ciencia —puntualiza Esther—, no a un vigilante nocturno que se entretiene con sus perversiones. Es asqueroso.
Jordi se desplaza a un lado, abre una portezuela bajo la barbacoa y extrae una gran fuente de metal.
Llamad a los niños —dice—. Las hamburguesas se están enfriando.

La conversación se diluye, aunque los restos quedan como un naufragio tras la tormenta, salpicando la playa, llevados por las olas de aquí para allá. Los niños aparecen y no paran de hablar mientras dan dentelladas a sus hamburguesas. Apenas se sientan. Al poco ya han regresado al jardín. Jordi dispone las chuletas en la fuente. Rovira se acerca, cerveza en ristre.
Oye —dice, en baja voz. Mira sobre el hombro y reprime un eructo—, ¿es verdad que lo pillaron..? Ya sabes…
Jordi abandona las pinzas a un lado y se quita la manopla. Se limpia el sudor de la frente con la manga y resopla. Da un largo trago a la cerveza. Mira a Rovira y niega con la cabeza al tiempo que paladea.
Dicen que con una chica joven —explica el otro y vuelve a mirar atrás.
La trajeron por la tarde —aclara Jordi—. Rubia, bajita… Tendría unos veinte años seguro. Yo es que no me gusta leer las fichas de entrada. Aunque, mira, con eso sí que podría haber notado algo. Enrique las leía todas. Era como su club de lectura.
Rovira gruñe, aunque en realidad pretendía ser una risa.
¿Y lo pillaron…? —Insiste —. ¿Follándosela?
No. Se durmió a su lado. Trajeron otro cuerpo a las cuatro o las cuatro y cuarto. Yo lo llamé varias veces, pero no respondió a la emisora. —En ese momento la conversación se hace pública y todos escuchan de nuevo—. Cuando abrí el depósito para los sanitarios los pillamos durmiendo, desnudos. Bueno, durmiendo él, porque ella estaba muerta.
Vaya pillada —musita Esther.
Qué asco, por favor —inquiere la otra.
Se escuchan las risas y los gritos de los niños.
Jordi apura la cerveza. Se arma con las pinzas y la manopla antes de regresar a las brasas. Rovira aparece a su espalda y murmura.
Rubia, veinte años… —dice—. Tampoco es tan grave.
Jordi lo enfrenta y ambos se aguantan una mirada torva. El calor abrasador les araña el rostro.
Y menudas tetas… —afirma Jordi y Rovira, ahora sí, ríe y se aleja unos pasos. Los otros esperan en vano que comparta el chiste, pero al no hacerlo pasan a otras cosas.

El perro husmea bajo la mesa. Alguien ofrece crema solar a otro. El sol brilla en lo alto, solitario en el cielo azul. Parece verano. No es normal para estas fechas. No, no lo es. Se toman rodeos para evitar lo inevitable. Rovira va de acá para allá con una sonrisilla tonta. Mar aliña una ensalada y cada vez que mueve la vinagrera arriba y abajo, él imagina que es su polla la que sacude. Se está corriendo sobre la lechuga y el tomate. Va un poco borracho, es la verdad, así que se sienta a la mesa. Esther se inclina y no puede evitar sumergirse en su escote. Tiene los pechos grandes, cubiertos de pecas. Seguro que son blandos y de pezones marrones. Ahora se siente culpable, así que baja la mirada. Se supone que ha sido invitado para tantear a la otra divorciada del grupo, Dolors, no para mirar el escote o imaginar pajas de las esposas de sus amigos. Jordi aparece en escena con una gran bandeja humeante.
Id comiendo chuletas —propone, al tiempo que sale por un lado—. ¡Voy a la cocina! ¡Tengo una sorpresa!
Los otros obedecen y se abalanzan hambrientos sobre la carne.
Qué apañado es —dice Dolors con vocecita aflautada.
Sí —Mar suspira y da un pequeño bocado a una chuleta—, mucho.
Algunas miradas corretean sobre la mesa, se tientan y se animan entre chupeteos y mordiscos. Al final, Esther, como no podía ser de otra manera, es la que da un paso al frente. Deja el hueso en el plato y se limpia los labios con una servilleta.
Mar —dice—, ¿qué te ocurre? ¿Estás preocupada?
Su amiga, encogida sobre la mesa, aparta el plato y mira al otro lado, hacia el jardín en que juegan los niños.
Pues sí —confiesa al fin—, claro que estoy preocupada.
¿Por Jordi? —La interroga Paco, pero antes de que llegue a responder, interviene Rovira entre sonoros chasquidos de la carne bajo los molares.
No tienes que preocuparte de nada, mujer —dice—. Al otro le caerá un buen paquete y en un par de meses, todo olvidado. Estas cosas son así. Mucho ruido en la prensa y pocas nueces.
Mar lo fulmina con la mirada. Su mandíbula se desplaza a un lado y hace público lo que piensa, aunque no es lo que desea o quizá sí, ¿qué importa si se nota que no soporta a Rovira porque es un chulo y un misógino y preferiría no verlo en su casa? Tal vez así sea mejor y su cita a ciegas, o lo que sea esto, acaba por irse al traste y libran a la pobre Dolors de un especimen que debería estar condenado a morir solo.
¿Por qué no piensas un poco lo que dices? —replica. Rovira se queda pasmado con la chuleta asomando a los labios—. Jordi es el vigilante nocturno de la morgue y su compañero, con el que pasaba doce horas cuatro días a la semana, se dedicaba a… hacer todas esas cosas horribles. Tengo razones de sobra para estar preocupada.
Ya. Sí. Tienes razón… —añade Rovira, conciliador.
Es que no comprendo cómo no se dio cuenta antes —apunta Esther, con exasperación.
Dolors, trata de contener las ínfulas y sospechas en ese punto, ejercer de escudo ante el evidente sufrimiento de Mar, y lanza una mirada espantada a Esther.
Ya lo oíste antes, mujer —dice—, esas cosas pasan todos los días, frente a uno, y nadie se da cuenta.
Según la prensa la cosa ha sido muy fuerte —interviene Paco, que mantiene la vista en el plato y no percibe los gestos de Dolors para que no siga con el tema—. El tipo llevaba años en plantilla. Y no sólo está el tema de la necrofilia. Dicen que van a exhumar todos los cuerpos de cinco años a esta parte.
¿Por qué?
Tráfico de órganos. De cuerpos. Hay todo un mercado para eso.
¿Un mercado?
Dolors se rinde y evita mirar a Mar, que sigue ojiplática la conversación.
Los decapitan y los venden a coleccionistas. Después despellejan las cabezas y dejan las calaveras bien limpias. Para misas negras o rituales satánicos. Cosas por el estilo, ¿sabes?
Orgías satánicas… —musita Rovira, los labios húmedos de grasa.
Y luego está eso de los necrófagos.
Oh, no, no, no… —Esther se cubre los oídos con las manos.
Paco detiene la costilla frente a la boca, mira la carne jugosa antes de explicarse.
Gente que come cosas muertas.
Toda la carne que comemos está muerta —apunta Rovira.
De personas muertas —aclara, Paco.
Esther aparta el plato y cruza un brazo en la espalda de Mar.
Tranquila —dice—, no va a pasar nada.
La policía investigará el asunto y, además —apunta Paco—, ya tienen un culpable.
Sí —Mar alza la voz demasiado, con fastidio evidente—, pero es que el tío se dedicó a borrar las cintas de las cámaras de seguridad y utilizó el código de Jordi.
Joder —salta Paco—. Y ¿ahora qué?
Bueno, él ha declarado que se lo robó, pero… a mí me preocupa que lo echen. Yo sé que él no ha hecho nada malo y menos… ya sabéis. La cosa está más sucia de lo que él la pinta. Lo hace por quitarle hierro, para que los niños no se enteren y que yo esté tranquila. No sé qué pasará.
Está claro que no van a acusar a Jordi —apunta Paco, que comienza su sentencia con firmeza y la acaba con un tono interrogante que no pretendía en absoluto.
Por supuesto que no —escupe Mar, casi ofendida.
¿De qué estamos hablando? —Rovira despliega las manos junto al plato, como un orador en pleno congreso—. Cuerpos decapitados. Sexo en la morgue. Rituales y orgías… No sé vosotros, pero van a necesitar algo más que unas pocas grabaciones de seguridad desaparecidas para acusarle. Por favor, todos le conocéis bien. Pensad en Jordi, nuestro Jordi. ¿Cuánto hace que lo conoces? ¿Quince años, veinte? Y tú estás casada con él, por favor. Mira, por lo que a mí respecta es tan inocente como un corderito —agita el hueso pelado en alto—. ¿Qué es lo más sucio y pervertido que puede hacer un tipo como él? ¿Una paja en una web de octogenarias cachondas?
Los otros resoplan y bajan la mirada.
Y eso no es delito, joder —concluye él su alegato de defensa—. No que yo sepa.
Oye —interviene Paco, pero su indignación queda sepultada por la duda—, no dudamos de Jordi, ¿verdad?
Nadie duda de su inocencia —lo apoya Esther.
Es su trabajo lo que puede perder, ¿de acuerdo? —Aclara Mar—. En ningún momento he dudado de él.
Un golpe de brisa corre sobre la mesa. Alguien toma su vaso y carraspea antes de beber. Otro pasa la lengua entre los dientes. Unos dedos juguetean con el borde de la servilleta.
¿Y la policía? —La voz de Dolors se apaga cuando los ojos de todos caen sobre ella. Carraspea apenas y se explica—. Quiero decir… Lo interrogaron en comisaría.
¡Es lo que siempre hacen en estos casos! —Protesta Mar.
Si hubiese sido acusado tendrían que haber llamado a su abogado —explica Paco.
No lo han acusado. —Mar dispara las palabras sílaba a sílaba mientras golpea la mesa con el índice. Después baja la voz y mira a todos y cada uno—. Escuchadme bien. Es de mi marido de quien estamos hablando. Jordi no ha hecho nada malo excepto confiar en un compañero de trabajo. Nada más. Y mucho menos, follarse un cadáver, mutilarlo, participar en orgías o rituales y comer carne muerta. ¿Lo entendéis? Punto y final.
Los otros asienten y musitan breves respuestas que apenas abandonan los labios. Se quedan sentados, evitando la rabia en los ojos de Mar. Juguetean con los restos de comida en el plato. Rovira hurga con un palillo entre los dientes. Esther se muerde los labios y Paco se sirve un poco de ensalada con movimientos felinos y silenciosos. En ese momento, regresa Jordi. Levanta una ristra de longanizas de algo más de un metro. Oscuras, de textura sanguínea salpicada por motas blancas, anudadas con un cordel que cuelga en los extremos. El cocinero sonríe satisfecho y balancea en alto su trofeo.
¡Voilá! —Exclama—. ¡Longanizas caseras! Las hice ayer mismo.
¿Cómo que las has hecho tú? —Pregunta Rovira con la boca llena.
Pues eso —responde Mar—. Las hace él. Es su última afición. Hacer salchichas.
¿En serio? —Salta Dolors.
¡Pues claro! —exclama Jordi, sonriente—. Me compré una picadora de carne profesional. Puedo hacer cualquier tipo de embutido. ¿Qué os parece? Menudo aspecto, ¿eh? ¿Quién se va a comer una longaniza? ¡Están de muerte!
Su euforia se diluye en el silencio del repertorio. Jordi se esfuerza por balancear a un lado y otro la ristra de longanizas, como si de una obra de arte se tratase. Rovira es el único que lo mira a los ojos. Esther y Paco se ocultan bajo las cejas y Mar, su mujer, niega con la cabeza, la boca torcida. Jordi no entiende, así que acaba por ofrecer su obra a Dolors que, compungida, presa de un rubor asfixiante, se da golpecitos en el pecho. La mujer espera un apoyo que no llega, así que sonríe y dice con vocecita rota:
Yo una longaniza sí que me comeré.
Jordi, aliviado, regresa a las brasas. Todos los invitados callan. Rovira sonríe y se acaricia la entrepierna bajo la mesa.


Guillem López. 2014




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