Cita a ciegas





A finales de 2015 comencé a darle vueltas a una idea que más adelante se convertiría en el leiv motiv de Arañas de Marte: la realidad, su percepción y nuestra posición y postura en y ante ella. Me fascina la forma en que nos dedicamos a construir realidades para enmascarar la incapacidad de aceptar que nada de aquello que damos por seguro en nuestra vida existe realmente ni es como pensamos. Como en las películas y en los programas de televisión, somos espectadores de un baile de máscaras, la representación visual de dos mil años de prejuicios y arquetipos. Consumimos ficciones que son reflejos de aquello que debería ser, espejismos de nosotros mismos, para calmar el desasosiego ante la realidad del mundo que hemos construido y la culpa derivada de nuestro fracaso. La sociedad contemporánea vive para reconciliarse consigo misma y lo hace mediante la mentira. Somos una democracia, somos iguales ante la ley, somos pacíficos y respetuosos, somos responsables de nuestros actos, somos el progreso y esta es nuestra verdad. Básicamente queremos aliviar la carga que supone haber asesinado, colonizado, aplastado y vejado a todo lo que se ha movido y todavía se mueve en este planeta. En ese contexto nació el relato Cita a ciegas. De alguna forma, para demostrar que nos negamos a nosotros mismos en una interpretación magistral, como en una de esas obras de sombras chinescas en que nada es realmente lo que parece y al final acaba sin pena ni gloria y ya está. Más o menos es lo que le ocurre a la protagonista del relato. Intenta mantener el control de su charada, aliviar la culpa a través de la felicidad ajena, lo que ella piensa que es la felicidad, hasta que la realidad aparece con todas las consecuencias y la arrolla. ¿Y qué hay en la realidad? Justo ahí, al otro lado. El horror.




CITA A CIEGAS


¿Nunca has tenido un sueño recurrente? —Pregunta Eva.
Luís hace ver que se sorprende y después cavila la respuesta.
Puede. No lo sé —responde, por fin.
Lo que Eva quiere decir —puntualiza Mati—, es: Luís, ¿sabes lo que es un sueño recurrente?
Él exagera su gesto anterior y se pellizca el mentón.
Puede. No lo sé —repite.
Todos ríen a carcajadas.
Mati ha organizado una cita a ciegas para Eva. Se conocen desde la infancia. La vida no ha sido buena con Eva. Es lo que piensa Mati. Solo quiere ayudarla. En ocasiones se muestra demasiado misericorde con ella, casi condescendiente. Es algo que enfada a una y disgusta a la otra. Mati se preocupa demasiado. Hace dos semanas, la terapeuta de Eva la hizo llamar. No le pareció extraño. Es la mejor amiga de Eva. La psicóloga tuvo una charla con ella, a solas.

Está bien que te preocupes por el bienestar de tu amiga, pero hay que darle un tiempo para que gane confianza. ¿Lo entiendes, Mati?
Ella asintió, con el bolso sobre el regazo.
Cada persona tiene su proceso, ¿lo entiendes?
Sí, sí, claro.
No se puede tener todo bajo control, Mati.
Por supuesto. Claro. Sí, sí.

Por el momento, la cita es todo un éxito. Eva y Luís hacen buena pareja. Ella es alta y morena; él es alto y moreno. Ambos están más cerca de los cincuenta que de los veinte. Ella viste falda estampada y chaqueta de lana; él vaqueros y camisa a cuadros. Se ríen los chistes. Han mostrado interés por la situación laboral del otro, un aspecto básico del ritual de apareamiento moderno. Mati no les quita ojo de encima y, cuando los ve sonreír o charlar durante más de un minuto, pellizca el brazo a Pere, su respectiva y paciente pareja. Todo marcha a la perfección.
Han salido a cenar. Mati había reservado mesa en un restaurante italiano. A todo el mundo le gusta la comida italiana. El único inconveniente de la velada ha aparecido al pedir la cena: Eva es de cerveza, Luís de vino. Al final han tomado cerveza y vino. La democracia siempre triunfa. Tras la cena han caminado por el paseo marítimo y Mati ha tenido la idea de dar un paseo hasta el parque de atracciones. En realidad, finge con perfecta interpretación y juvenil acento: ¡Ey! ¿Por qué no vamos hasta la feria y montamos a alguna atracción? ¡Yo quiero un algodón de azúcar! La verdad es que sabía exactamente lo que harían al salir del restaurante, incluso había ensayado su frase frente al espejo del baño. Todo sigue el guión que ha escrito en su cabeza.

Al caer la noche, cientos de personas arrastran los pies entre las atracciones y casetas de rifas, tiro al blanco, pesca al pato, el barco pirata y la rana loca… El rumor de la multitud bucea la amalgama de música y sonidos estridentes, bocinas y campanas. Destellos repentinos y mil bombillas de colores iluminan todo y nada; las sombras dan tijeretazos por todas partes. Es una maldita locura. Mati comienza a pensar que quizá no ha sido tan buena idea. Sin embargo, en el guión que el apuntador de su cabeza lee, su siguiente frase es: ¿Quién se atreve a montar en El Castillo del Terror?
En sus planes todo conduce a aquel momento. Las vagonetas para dos viajeros. Eva asustada. Luís que cruza el brazo sobre sus hombros. Un grito repentino. Un beso en la oscuridad. Voila! L’amour! Así que lo propone. ¿Quién se atreve a montar en El Castillo del Terror? La idea no funciona exactamente como había imaginado. No hay respuesta jovial, ni corren cogidos de la mano a sacar los billetes. Tan solo un silencio evasivo y demasiado largo. Pere resopla, agobiado por la multitud que marcha alrededor. Luís tuerce la boca y mira al suelo. Y Eva, como si cambiase de tema, confiesa un sueño recurrente con el Castillo del Terror que la persigue desde niña. Mati se queda perpleja. ¿Por qué no sabía nada de ese sueño? ¿Se lo ha ocultado durante todos aquellos años o es que acaba de inventarlo? Mati sonríe y disimula lo mejor que puede.
¿Nunca has tenido un sueño recurrente? —Pregunta Eva.
Luís hace ver que se sorprende y después cavila la respuesta.
Puede. No lo sé —responde, por fin.
Lo que Eva quiere decir —puntualiza Mati—, es: Luís, ¿sabes lo que es un sueño recurrente?
Él exagera su gesto anterior y se pellizca el mentón.
Puede. No lo sé —repite.
Todos ríen a carcajadas. Mati traga saliva y respira aliviada. Al menos están riendo. Lo pasan bien. Todavía es una buena cita a ciegas.
Es un sueño que se repite —explica Eva—. Siempre lo mismo. Yo soñaba en una atracción como esa. —Todos siguen su mirada a las torres de cartón piedra y las torpes figuras andrajosas que asoman a las almenas—. Iba montada en una vagoneta del Castillo del Terror. Avanzaba despacio por los raíles y entraba por esa boca enorme y apestosa. Estaba oscuro y se escuchaba…
Podemos montar en la noria —la interrumpe Mati—. ¿Qué os parece?
Sin embargo, nadie le presta atención y Luís interroga a Eva.
¿Soñabas siempre lo mismo? —pregunta.
No siempre. Pero se repetía de vez en cuando.
Caray. Qué extraño. ¿Por qué? ¿Tuviste alguna mala experiencia o algo?
No que yo sepa. Solo fueron unos años. Ya no me pasa.
No cantes victoria —dice Luís con aire tenebroso—. Espera a despertar mañana.
Eva se muerde el labio y niega con la cabeza. En sus ojos se reflejan las luces rojas y amarillas.
Sí —interviene Mati—. Mejor no tentar a la suerte. ¿Qué tal la noria?
Los mismos gestos preceden a un silencio explícito. Bien. Mati carraspea y mira al suelo. Nada de improvisar. Tendrá que aceptar el inconveniente y pasar al plan B. Siempre tiene un plan B. Muchas veces, como hoy, incluso un plan C. Hubiese sido una buena agente del servicio secreto, eso se dice a veces, frente al espejo: Mati, serías una espía de película.
¿Se puede tener un sueño recurrente pero no recordarlo? —Pregunta Luís a Eva—. A lo mejor estoy soñando siempre lo mismo, pero lo olvido al despertar. A lo mejor, todo el mundo tiene un único sueño que se repite una y otra vez, aunque nadie lo recuerda y piensan que sueñan, yo qué sé, en otras cosas, pero en realidad solo es el mismo sueño una y otra vez.
Eso es…
Eva y Luís se miran de forma cómplice.
Inquietante —añade él entre dientes.
Sí —Eva se sacude con un escalofrío—. Da un poco de miedo.
¿Te imaginas?
Mati los mira, pero no escucha lo que dicen. Tan solo piensa en que están allí parados demasiado tiempo, rodeados una multitud anónima que va de acá para allá, luces y música estridente.
Solo existen los sueños recurrentes —repite Luís, en esta ocasión acompaña sus palabras con un leve movimiento de las manos, como un prestidigitador o un ilusionista—. Un único sueño recurrente.
¡Madre mía! —exclama Eva—. ¡Eso da para una película!
Mati suelta una carcajada ortopédica que interrumpe de repente para exponer su plan secundario.
¿Qué tal si vamos a la caseta de tiro al blanco? —Propone—. Luís tiene pinta de ser un buen tirador. ¿Has sido cazador o algo?
Él duda un momento, quizá incluso de la seriedad de la pregunta. Sin embargo, Eva sonríe y lo coge por el brazo. Eso es bueno. Mati también ríe. Plan B en marcha. Buscar la caseta de tiro al blanco. Pagar una ronda. Luís ganará un gran oso de peluche para Eva. Nunca falla. Armas de fuego y ternura. Es una metáfora sexual perfecta.
La verdad es que no he disparado un rifle jamás —anuncia él.
La sonrisa de Mati se esfuma. Eva ríe otra vez. ¿Por qué lo hace? Ella la interroga con extrañeza. Así no van a llegar a ninguna parte o, por lo menos, no van a llegar a la cama, que es lo que interesa. La risa de su amiga contagia a Luís. La marea humana los estrecha más si cabe. ¿De qué demonios se están riendo? Ella frunce la boca. No esperaba llegar al plan C. El punching de boxeo. Forzar una competición entre Pere y Luís. Su marido es un enclenque y, comparado con él, cualquier tipo puede quedar como un auténtico forzudo. Dos rondas, Luís no necesitará más que dos rondas. Es un plan ingenuo y tiene la dificultad añadida de que deben dar con la dichosa maquinita entre una marabunta. Mati estira el cuello y comienza mirar a todas partes.
¿Qué buscas, cariño? —Pregunta Pere.
Ella no responde. No hace falta. El tono paciente de él es suficiente para hacerle perder los nervios. Enfrenta su ceño furioso con el gesto risueño Pere. ¿También sonríe? ¿Es que se ríen todos de su fracaso? Sin embargo, esboza una mueca que pretende ser una sonrisa y cierra los puños.
Tendríamos que movernos —dice—, ¿no creéis?
Siente la voz anegada por las risas de Eva y Miguel, la música, el murmullo de la multitud, los gritos y las bocinas. Aunque todo cesa de repente.
Las luces y el sonido desaparecen. Por un instante, las siluetas más cercanas se convierten en sombras que se diluyen en la oscuridad.
¿Qué ha ocurrido? —Pregunta.
A su alrededor el murmullo crece.
Alguien grita.
Parece un apagón —responde Pere. No puede verlo, así que levanta el brazo hacia la voz y, cuando da con él, se cogen de la mano.
Tranquilos, pasará pronto —apunta Luís al otro lado.
Todo lo contrario, tras la incertidumbre llegan las llamadas de auxilio de los que montaban en las atracciones. Escuchan aullidos sobre sus cabezas y miran arriba. No ven nada más que una densa negrura. Pere cruza el brazo sobre sus hombros.
¡Ah! —Exclama Eva—. ¡Me han pisado!
No veo las luces del puerto ni el paseo —apunta Pere.
Tampoco la ciudad —añade Luís—. Está todo a oscuras.
Menudo apagón —dice Eva.
Por un instante, Mati imagina que Eva y Luís se han cogido de la mano. Que la oscuridad ha pulverizado todas las barreras. Quizá incluso se besan. Pere la estrecha contra su cuerpo, pero la suelta cuando una masa informe los empuja. Alguien ríe muy cerca. Pere hace de contrafuerte, lo intenta, pero se ven arrastrados casi en volandas. Mati trastabilla y cerca está de caer al suelo.
¡Calma! —Grita Pere— ¡Calma!
Los aullidos de los viajeros atrapados se mezclan con algunos chistes nerviosos. Levanta la mirada al cielo, aunque no ve nada. Es una noche sin luna y las nubes convierten el parque de atracciones en una caverna. Pobre gente, piensa mientras escucha gritos infantiles en las alturas. Un estremecimiento la sacude y trata de abrirse hueco. A cambio recibe codazos y empujones.
¡Eh! —Se queja Eva—. ¡Eh! ¡Oye!
¿Qué ocurre?
¡Que me roban el bolso!
¿Quién?
¡No lo sé! ¡Me han dado un tirón!
¡Cabrones!
¡Socorro!
¡Calma! ¡Por favor, calma!
¡No empujen! ¡Mantengan la calma!
Mati siente que le falta el aire. No puede ver nada, apenas sus propias manos frente a la cara, intentando mantener las distancias con esas sombras que la empujan y se le vienen encima. De repente, Pere habla en la otra dirección.
Acercaos aquí —dice—. Salgamos del camino.
Unos pocos teléfonos iluminan aquí y allá, creando pequeñas islas de realidad. Muestran fragmentos de cuerpos embutidos y rostros, porciones de caos que cambian al enfocar a otra parte: asfixia y miedo. Algunas voces llaman a la tranquilidad y el orden, pero la masa se desplaza adelante y atrás, como una ola que suda y jadea.
¿Pere? —Pregunta Mati al sentirse sola a merced de la marea—. ¡Pere!
Ha desaparecido. Estaba a su lado. Ya no. Al volverse, aplasta la nariz contra una chaqueta de cuero. Las lágrimas le escuecen en los párpados. Empuja para hacerse un hueco, pero los pies se le traban y cae de espaldas. De repente se encuentra en el suelo. Intenta incorporarse. Le pisan las manos. Alguien le da un rodillazo en la cara. Muerde el aire. Se agarra a la ropa y trepa a empellones. Unas garras la retienen. Alguien la arrastra de nuevo al suelo. Intenta levantarse como puede. Lanza un manotazo atrás. Siente un pisotón y descubre que ha perdido un zapato. De forma repentina, alcanza el aire fresco y da una bocanada larga y profunda. Lo ha conseguido. Está de pie otra vez.
¡Pere! —grita—. ¡Eva!
Pero no es la única. Todos lo hacen. Todavía se escuchan risas y también quejidos, insultos y una pelea. Ella insiste y se revuelve, lanza codazos y recibe empujones. Un hombro la golpea en la mandíbula y la aturde durante un instante. Siente el sabor de la sangre en la lengua. Entonces se escucha un murmullo creciente. Se acerca. No los aullidos de pánico en lo alto ni los insultos o las quejas de los que la rodean. Algo hace temblar el suelo. Todos callan, no mucho, lo suficiente como para coger aire y tratar de resistir el golpe. Un muro de cuerpos arrasa con todo. El griterío se hace incomprensible. Cierra los ojos antes de que la arrastren a las profundidades. Alguien o algo le atiza en la cara una y otra vez hasta que se queda quieto, aplastando su cabeza contra el suelo. Intenta liberar los brazos y escurrirse, pero apenas llega a atrapar la rugosa suela de una bota. Consigue liberarse un poco. La barbilla contra el pecho. Apenas puede respirar. No sabe dónde están sus manos, pero las siente inútiles, como sin huesos. No puede más que gemir y dar sorbitos de aire abrasador. Sus piernas están atrapadas. La oscuridad es total. Un peso enorme cae sobre su cabeza y siente la coronilla chocar contra el suelo. Ve un destello a pesar de tener los ojos cerrados. En adelante, solo escucha un rumor sordo. Una zarpa huesuda le araña la mejilla derecha. Queda inmóvil, atrapada bajo el derrumbe.
Pere. Eva —murmura—. Pere.
La noche es eterna. Gritos en la noche, gemidos en su oído. Alguien tira de sus brazos. Los hombros le crujen y la dejan caer de nuevo. Entonces, de forma repentina, siente que se libera y cae de costado. Piensa que ha cerrado los ojos hace rato, pero ve conos de luz blanca aquí y allá. Más gritos. El pánico la arrolla de nuevo. Siente pisotones en el pecho, el estómago, la cara, las manos. La estampida no acaba nunca, pero ella ya se ha rendido, de la misma forma que hace alguien atrapado por un depredador, que intenta parar zarpazos y cornadas con ruegos inútiles.
Hay una mecánica de la supervivencia en el miedo a la oscuridad que la golpea, la mastica y la escupe. Algo que va por libre y que no tiene que ver con los quejidos y lloros que balbucea.
Avanza a gatas hacia un lado. Alguien cae sobre ella. Escucha el crujido de sus dientes contra el suelo. Los cortes en los brazos le escuecen. Por favor, ruega, socorro, socorro. Se arrastra sobre un montón de cuerpos inertes. Esquiva golpes invisibles que presiente alrededor. Da manotazos a la nada, en espera de que la paliza continúe. Herida, vapuleada. El dolor da estocadas en las costillas, en los tobillos, por todas partes. Al cogerse las manos descubre un par de dedos retorcidos en una postura de contorsionista. Apoya la espalda en un cuerpo blando y busca cobijo. El griterío se ha hecho más selectivo. Aparecen voces en la distancia y algunos susurros cerca. Ella se queja entre jadeos, pero ya no llama, ni grita.
De nuevo aparecen los teléfonos y las islas azules y grises, como balcones al horror. Ojos enormes, desencajados, que miran sin ver; gente que huye y desaparece en la oscuridad, dando tumbos, como muertos en vida; cuerpos tendidos, hinchados, en un tapiz tejido con fragmentos anónimos de mujeres, hombres y niños; porciones de estadística, el otro lado de las previsiones cotidianas; titulares de prensa, al final del mando a distancia, en la vida de otros, ahí fuera.
¡Mati! —Escucha entre el griterío la voz de Luís—. ¡Mati, ¿dónde estás?!
Pero ella no responde. Balbucea palabras rotas a sus dedos rotos. Reza para que el mundo no la encuentre.


Guillem López. 2015

Foto: Edwin Soto


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