El pasatiempo

Siempre hay algo que antecede a una historia. Me preocupa la creencia de la generación espontánea en la creación artística. Es el causa sui de la literatura. En algún lugar se encuentra la causa originaria de la obra, a veces, en un lugar muy lejano y que creemos haber olvidado. En mi caso, quiero pensar que existe cierta causalidad circular por la que algunas ideas y tropos se desarrollan a lo largo de determinadas obras para acabar regresando sobre sí mismas. Es lo que ocurrió entre mi novela El último sueño, el relato El pasatiempo y La polilla en la casa del humo que, de alguna forma, cerraba el círculo. El pasatiempo fue el germen que definió todo el conjunto y que escribí entre el primer boceto de El último sueño y las primeras notas de La polilla en la casa del humo. El protagonista y su voz son casi un esbozo de lo que luego sería Veintiuno y su lamentable vida en el pozo. Pero ¿qué era de mi vida? A finales de 2010 perdí el trabajo y me vi obligado a abandonar mi piso a toda prisa porque no era capaz de afrontar la hipoteca. Los siguientes dos años sobreviví gracias a la caridad de mis amigos. Estaba trabajando en el borrador de Challenger, pero en mi cabeza germinaba otro mundo, subterráneo, oscuro, en el que hombres y mujeres ofrecen el cuerpo a una religión mecánica que los tritura, de la que son víctimas y alimento. Yo mismo era uno de esos despojos del sistema, haciendo cola en los servicios sociales, sin un futuro ni un presente. Y ahí fuera, al otro lado, la vida seguía como si nada. Bajabas al centro y veías tiendas y escaparates llenos de cosas que no podías permitirte y gente que sonreía y hablaba por teléfono porque sí podía pagarlo, gente que no pasaba la mañana en el Inem, día tras día, noche tras noche. Y los odiabas, vaya si los odiabas, casi tanto como a los políticos y sus mentiras. Así nació el pozo. Fueron años convulsos en que todo se caía a pedazos, el origen de las ruinas en las que vivimos hoy en día. El 21 de noviembre de 2011 encontré un trabajo para los próximos meses, talando pinos con una motosierra, y Rajoy comenzó de presidente de España, talando todo lo otro con el BOE. Lo recuerdo como quien recuerda a Baroja o un grabado de Goya, de esa forma: oscuro y como si le hubiese pasado a otros, pero nos pasó a nosotros. Tengo la teoría de que uno no es protagonista de su propia vida, que toma distancia como quien se protege contra el hecho traumático de vivir y experimentar esto en que hemos convertido nuestra existencia; hasta que la ve pasar ante sus ojos a todo color, Ultra High Definition, pero ya es demasiado tarde para nada.
El pasatiempo fue traducido al inglés por Steve Redwood e incluido en el paquete de bienvenida a los asistentes a la Eurocon 2016.



EL PASATIEMPO


El gordo ignoró todas mis advertencias anteriores y vino a despertarme hacia la hora quinta o sexta. Soñaba, en ese momento, que estaba rodeado de fuego y no podía escapar. Atrapado entre las llamas, comenzaba a masturbarme, pero no me corría por mucho que le daba a la zambomba. Eso soñaba cuando El gordo me despertó.
¿Qué quieres? —pregunté como quien espanta una mosca.
Una risa aserró la oscuridad. Sentí su aliento en las narices. Deslizó una mano dentro del saco y me sacudió.
Despierta —dijo—. Es la hora, despierta.
Lancé un manotazo a la voz gangosa y traté de darme la vuelta con un gruñido. Él me retuvo y repitió con la seriedad de un chamán loco: No. Es la hora. La mejor hora para lanzar el cepo.
¿Quién sabe por qué le hice caso? Aunque, ¿qué otras opciones tenía? Por aquella época solía levantarme tarde y dejar pasar el tiempo. Como diría el Pontifex de mi distrito: había perdido la fe. Y era cierto, ya nada me importaba. Así que holgazaneaba desde que me levantaba hasta que el sueño regresaba y todo volvía a comenzar. Vagaba de una galería a otra, mascaba hongos con los adictos del canal, me sentaba en las entradas de la gran gruta y veía pasar a los mecánicos y sus ingenios, y también a los sacerdotes y a los esclavos despellejados. Me gustaba ver pasar a la gente. Al fin y al cabo, era un pasatiempo más. ¿Qué tenía de malo? Otros preferían bajar a los pozos de carne, a dejarse manosear en la oscuridad, descubrir el destino en las entrañas de niños púberes. Siempre he sido un tipo sencillo, de pocas ambiciones. Supongo que por eso andaba involucrado en los tejemanejes de El gordo.
Abandoné el nicho y salí de la celda, arrastrando los pies. Los otros todavía dormían. Jinete roncaba como un cerdo degollado en la oscuridad. Apestaba a pies y a pedo y fue un alivio salir al túnel principal. El aire transportaba el subterráneo aroma avinagrado de la chusma y una efímera niebla que reflejaba la llama de las lámparas. En lo profundo se escuchaba el batir de las factorías y también el centrifugado de los excavadores con sus taladros. Me asomé al pozo. No los vi pero allí estaban. Un ejército de larvas que hurgaba la roca, embutidos en cuerpos retráctiles, ciegos y sedientos de alcanzar su cupo mensual. Yo estuve cerca de promocionar a excavador pero se me pasó la edad y mi cuerpo ya no podía ser modificado. Dijeron que no aguantaría las operaciones, que el rechazo espiritual me habría vuelto loco al despertar dentro de la vaina. A veces pasa, un excavador pierde uno o dos tornillos y mata a cualquiera que se le ponga por delante. Son fallos del sistema: los daños colaterales del progreso. Estuve muy cerca, pero me convertí en un liberto. Nadie quiere a los libertos, ni siquiera ellos mismos. Esa era mi ocupación en aquel momento.
El gordo me cogió de la mano. Tenía la piel viscosa y fría de un pez putrefacto. Sus ojos también brillaban muertos, sin párpado, con un destello gelatinoso.
Vamos —dijo con jolgorio contenido—, es la hora; la mejor hora.
Me asomé de nuevo a la baranda del pozo principal y bostecé. El calor abrasador de los hornos trepaba con un ronroneo. Pronto llegaría el cambio de turno y la multitud emprendería el descenso a las profundidades de la tierra. Abúlicos desarrapados, cavadores, chaperos, aguadores, cortaúñas, barreneros, mensajeros, capataces que restallaban látigos en alto y sacerdotes. Así era cada mañana. Excepto para los libertos.
A mi edad estaba condenado a sufrir las vacaciones. El tiempo libre es una enfermedad que te consume y te debilita. Y para mayor desgracia, vacaciones indefinidas. Nadie apuesta por aquellos que están de vacaciones pasados los treinta. Se supone que hay que mirar a otra parte, dejar que se arruguen como un papel viejo al que le das fuego y, al poco, se convierte en ceniza y ya nadie recuerda lo que había escrito en él. Eso son las vacaciones indefinidas, un regalo venenoso que te consume hasta la muerte. Los hay con suerte y se reinventan; se meten a calientacatres, a cocinitas; o se pintan el cuerpo de hollín y aguardan en las esquinas a chiquillos despistados que llevarse al buche. Aún así no aguantan más de diez o doce años y esa no es vida para mí.
Ven —insistía El gordo—. Vamos.
Yo suspiré y lo seguí sin ilusión. Las pasarelas colgantes se balanceaban a nuestro paso. El gordo canturreaba una tonada y, en ocasiones, hablaba consigo mismo y reía. Después, miraba atrás y decía: vamos, vamos, y reía de nuevo. Un mendigo andrajoso despertó a nuestro paso y levantó su escudilla por inercia suplicante. Cavilé que, con suerte, yo podría acabar como él —quizá en unos meses— cuando mis compañeros de celda me echasen a patadas y me robasen hasta el último cristal. Aquella posibilidad no despertaba en mí ninguna ansiedad o miedo, así es la vida. Lo aprendí en la escuela.
Alcanzamos la gran escalinata y, llegado el momento, El gordo trepó hasta una cornisa que caía cerca del friso del viejo Senado. Una bandada de chupasangres salió volando entre gañidos perrunos y yo resbalé al pisar sus cagadas. Miré abajo. La mina despertaba y el sonido de las cadenas acompañaba a los primeros rezos del día. Los motores arrancaban y el eco de un rugido atronaba en las galerías de roca ennegrecida. Algún monje borracho gritaba alabanzas en lo profundo de la caverna principal. Me molestaba la rutina ajena, su vida cotidiana que recordaba a la mía, a la que yo perdí pero que no echaba de menos por despecho, por orgullo herido. Los latigazos, la jornada extenuante, las humillaciones… ya ni siquiera podía compadecerme de mí mismo. ¿Y qué es un hombre sin la capacidad de compadecerse? ¿Para qué inventamos a Dios si no?
Sentí una repentina desconfianza y me detuve. El gordo debió de leerme la mente porque se giró al instante y trató de convencerme con un guiño lascivo que me estremeció. Por un momento temí que todo fuese un engaño, que su pasatiempo fuese una trampa y varios de sus compinches estuviesen esperando en la oscuridad de las galerías. Aunque, ¿qué podían querer de mí? Sólo tenía una boca y un culo. Nada en los bolsillos. Mi carne era escasa y dura y ningún cirujano compraría mis riñones o unos ojos medio ciegos.
La sonrisa naufragó y suspiró. Acercó el cuerpo huesudo hasta mí. Me puso una mano en el hombro. De cerca, en la penumbra, me pareció un viejo famélico y agotado que había superado la estadística, la que lo condenaba a morir al poco de convertirse en un liberto, en un hombre inútil a la sociedad productiva.
Te gustará —dijo—. Sólo es un pasatiempo.
Las campanas repicaron en el pozo y yo me volví como si fuese mi nombre el que pronunciaban. El gordo llevaba razón. Al fin y al cabo, no tenía muchas más opciones. Imaginé mi cuerpo hinchado, en el suelo, pasto para los sepultureros que te tiran a uno de esos silos para convertirte en papilla y alimentar a las parideras. El ciclo de la vida no tiene principio ni final. Algunos mueren, otros enloquecen y matan a sus compañeros de celda, al sacerdote que lo viola cada tarde, al capataz o a quien se le ponga por delante y después… al silo y vuelta a comenzar. Ahí estaba El gordo para dejarlo bien claro. ¿Por qué no buscar un buen pasatiempo hasta que llegase ese momento?
El gordo se alegró cuando consentí y seguí adelante. De nuevo parecía un niño jorobado, de brazos esqueléticos y calva manchada. Sus bromas y bailes obscenos me hicieron sonreír.
Vamos —dijo—. Será divertido.
Caminamos cogidos de la mano hasta que el túnel se estrechó y tuvimos que trepar en la oscuridad. La garganta de roca se convirtió en una chimenea. El gordo murmuraba una letanía solitaria y yo lo seguía. Pronto la oscuridad fue total y me vi obligado a tantear cada paso. Su voz se alejaba cada vez más, devorada por el suave eco, hasta que me encontré solo. Mis uñas arañaban la tierra negra. Aparecieron raíces fibrosas a las que agarrarme. La brisa se transformó de repente en un chorro fresco y húmedo. Levanté la vista, asustado, y vi la luz al final del túnel y la silueta recortada de El gordo.
Al llegar a su altura, se llevó un dedo a los labios y guiñó un ojo. A un lado descubrí un saco sucio medio oculto bajo tierra removida. Miré afuera. La claridad era cegadora y tuve que cubrirme con la mano. Mi propia piel me pareció ajada y corrupta, cubierta de islas oscuras y cicatrices. El gordo canturreaba mientras preparaba los aparejos. El tono enfermizo de su carne, la espalda retorcida, el hirsuto pelo blanco… Nos habíamos convertido en otra cosa, en algo a lo que no estábamos acostumbrados allá abajo, en la mina, con la escasa luz de los faroles de aceite y los hornos. El gordo se volvió y rió. Mi expresión debía resultar graciosa. ¿Quién era ahora el tonto? Pasmado, me esforcé por discernir en la claridad del exterior, en aquel mundo luminoso. Rumor de hojas agitadas por el viento, el aroma de la hierba, de otra vida.
El aire fresco lamió mi cara y puso en guardia a la memoria. Recordé el pequeño pasado, los días esos en que vivíamos sin trabajar y dormíamos en el suelo. Hubo un tiempo en que éramos niños; tiempos mejores. Siempre alerta, vigilantes, atentos a los violadores y los caníbales. Ser niño se había convertido en una bruma espumosa que nos obligábamos a tragar en pos de la supervivencia. Después, crecer a toda prisa, ser esquivo, ser fuerte, no llorar cuando uno de los otros aparecía tieso como un cirio de sebo viejo. Entonces llegaba el trabajo y olvidabas todo lo otro. Olvidar que sobrevivimos por costumbre, por ridícula perseverancia. La memoria te envenena la sangre. Yo recordé que una vez fui otro y eso me entristeció.
El gordo lanzó un manotazo para llamar mi atención. Ya estaba preparado. En sus manos había enrollado una cadena larga. En el suelo, al final de la maroma metálica, descansaba un cepo oxidado. El gordo me tendió la cadena tras un codazo. Después, con esfuerzo, abrió el cepo y lo bloqueó con un pasador. Comprobó todo con meticulosidad de relojero. De nuevo me guiñó un ojo y pidió silencio. Se arrastró hacia la boca de la gruta y yo lo seguí. Al poco se detuvo, tomó el cepo y lo lanzó afuera. La cadena corrió por el suelo tras él hasta quedar tendida con un tintineo.
Después esperamos.
El gordo descansaba sobre los codos, con ambas manos alrededor de la cadena y la vista fija en la claridad diurna. Había una determinación extraña en él; una fijación que había transformado su perfil y que, de un plumazo, había borrado el labio leporino, los párpados caídos, la estupidez congénita, y lo había convertido en un cazador. Quizá fue cosa de la luz. No había visto nunca a El gordo realmente. En las cavernas nadie ve nada más que sombras. Quizá aquella luz iluminaba su verdadero ser. Y, de la misma forma, la luz diurna me cambiaría a mí también. La piel cenicienta, las uñas rotas y renegridas, los harapos que cubrían mi cuerpo deforme… quizá yo no era yo mismo.
La cadena se sacudió con un chasquido y El gordo dio un repentino y fuerte tirón. Yo me espanté y, al incorporarme, me golpeé con la cabeza en la roca. Él recogía la cadena a toda prisa, dando bufidos y salivazos. Me tomó un instante reaccionar. Salté en su ayuda y tiré con todas mis fuerzas. El cepo apareció dando tumbos contra las paredes de la caverna, perseguido por una polvareda. Ambos nos detuvimos, sin aliento. Escuchamos el alarido.
Un grito desgarrador se escuchó fuera. Era un hombre, eso era seguro. Aullaba de tal forma que el vello de la espalda se me puso tieso como puas. El gordo contemplaba con avidez el cepo. Pellizcado en los dientes de sierra había una pantorrilla, desde el pie hasta la rodilla, con el hueso de la tibia asomando a la carne roja, tan pálido y puro como el mármol pulido, tan obsceno como la polla de un ídolo de palo.
Ambos nos miramos, extasiados. Los gritos de dolor fuera. El gordo se acuclilló a un lado. Esgrimió una sonrisa amplia de dientes podridos y yo le correspondí. La risa arrancó en mi pecho poco a poco, al principio como una tos tímida, después creció hasta convertirse en un júbilo infantil que nos contagiamos el uno al otro. Acabamos riendo a carcajadas, rodando por el suelo, las manos sobre la tripa y el rostro congestionado.
Los aullidos fuera se transformaron en un triste lloro y en un gimoteo que balbuceaba palabras desconocidas.
Nunca en la vida había reído tanto.

Guillem López. 2016.





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