La visita



Durante los años en que planeé y escribí mi novela Challenger, todos mis relatos giraban en torno a dos ejes: Raymond Carver y el miedo como monstruo en sí mismo. Creo que ambas cosas se plasmaron especialmente en La visita. Por una parte, me fascinaba la manera en que Carver construía una escena en la que los personajes dialogan en torno al alcohol y el tabaco, como si fuesen dos más, interviniendo a su manera en la construcción de la narración. También en el juego metaficcional de la historia que se despliega en tantas capas que uno no tiene claro dónde está el principio o el final, porque todo ocurre dentro de otra historia que, a su vez, forma parte de otro espacio y otro tiempo. Por otra parte, comenzaba a formarse en mí la idea de que la realidad de nuestro mundo es una ficción apenas separada del horror y el abismo por el frágil velo del raciocinio y la estadística. La razón como un salvavidas ante la locura. Sin ese último refugio en el que guarecerse ante la tormenta, ¿qué queda de nosotros? El terror. Fuera de la armadura postindustrial solo somos animales asustados. El miedo existe por sí mismo y puede ser convocado. Hay monstruos ahí fuera.




LA VISITA


Pasé por casa de Max y Alba a última hora del viernes con dos botellas de vino y una lata de anchoas que mis hijos trajeron de Santander. Tras mi divorcio, se había convertido en una especie de ritual: cenar, charlar de la Universidad, la actualidad, música, libros o cualquier cosa que se nos ocurriese. Supongo que convertí la necesidad en costumbre. Por aquel entonces, bebía mucho y buscaba excusas para llegar tarde a casa. Ellos lo comprendieron. Impusimos una cena el segundo y último viernes de cada mes. La rutina se alargó en el tiempo hasta aquella noche de noviembre.
Supe que algo iba mal desde el mismo momento en que Max abrió la puerta. Era un tipo que no sabía ocultar la ansiedad. Lo vi más cetrino y ojeroso que de costumbre; la mirada esquiva; hablaba en murmullos tartamudos y no sabía qué hacer con las manos. En cierta manera, eran sus rasgos habituales, aunque amplificados. Padecía insomnio desde la adolescencia y eso lo había convertido en un lector voraz. Yo lo conocí en la Facultad, en unas charlas en torno a la obra de Carl Gustav Jung. Por aquella época, ya abreviaba su nombre y se hacía llamar Max. Alba era su compañera. La única que había conseguido sobrevivir a las manías y el caos que dirigían su vida.
Buenas noches —dije al entrar. Estaba temblando y apenas escuché su saludo. Sin embargo, lo ignoré y pasé al salón—. ¡Alba! —Llamé.
En la cocina —murmuró Max a mi espalda.
Como de costumbre, la casa estaba en penumbra. Cada superficie disponible —mesas, aparador, sillas, percheros, estantes,…— se encontraba cubierta de libros, legajos, rollos de papel y archivadores. A aquel natural desastre bibliográfico había que sumar las montañas de cajas y polvorientos trastos, pretendidas antigüedades, que se apilaban en habitaciones y pasillo. Grabados medievales, revistas pasadas de moda, enciclopedias de psicología clínica, varios expositores repletos de insectos ensartados en alfileres y —nunca pregunté por qué— una silla de barbero de esas que giran sobre un pedestal.
¡Buenas noches! —Exclamé al entrar en la cocina, viandas en alto—. Recién llegadas del lejano norte…
Alba confirmó mi sospecha: algo había pasado. Sonrió al ver las anchoas enlatadas y el vino, pero mantuvo la mirada baja y distante. Fue suficiente para contener mi emoción en adelante y ponerme en guardia. Max dispuso tres copas y registró los cajones en busca del sacacorchos. Miré a ambos y pregunté: ¿Qué tal todo? ¿Ha pasado algo? A lo que recibí por respuesta murmullos que alimentaron mi suspicacia.
Las anchoas nos dieron la excusa perfecta para no cocinar. Servimos queso, embutido y unos tomates, pan tostado, almendras fritas y guindillas. Cenamos en la cocina, en una mesa de esas que se despliegan de un lado. Ellos frente a mí. Hablamos del trabajo en la universidad y de los exámenes. También del libro que andaba leyendo por aquella época y que no recuerdo el título, pero era un ensayo sobre el funcionamiento cuántico del cerebro. La primera botella se acabó justo cuando insistí de nuevo: ¿Ocurre algo? Os noto… Ellos negaron y saltaron de la mesa —Alba a buscar embutidos, Max a descorchar la segunda botella—. Como un San Pedro Apóstol, Max me negó por tres veces que existiese algún problema. Esbozó una sonrisa tétrica, se miraron y yo supe que, por fin, iban a contarlo.
¿Se puede saber qué os pasa? —Pregunté—. ¿Tengo razones para asustarme? No estaréis enfermos o algo así, ¿verdad?
Para nada —replicó Alba—. Estamos muy bien.
Es… —añadió Max—, otra cosa.
Alba dio una patada a su silla. No pretendió ocultarlo en ningún momento. Apoyé la copa en los labios, sin llegar a beber, mientras ellos se lanzaban puyas y reproches en silencio. Fue bastante ridículo, aunque no reí. Apuré el vino, tomé la nueva botella y serví las copas.
¿Vas a contarlo? —Saltó ella. Por su tono era más un reproche que una pregunta. Max se encogió en el asiento. Las manos desaparecidas en el regazo, bajo la mesa. Me pareció un niño, calvo, con barba y camisa de cuadros, que recibía un buen rapapolvo—. ¿Vas a contarlo?
Max respondió con repentino despecho.
¿Y qué si lo cuento? —Exclamó—. Puedo contarlo si quiero.
Hey —intervine yo, conciliador y sorprendido—. Escuchad. No tenéis que contarme nada si no queréis. Tan sólo decirme que no hay de qué preocuparme.
Aunque me preocupé. Lo hice por la lividez y el sudor que apareció en el rostro de Max cuando me miró. Y porque Alba se volvió a otra parte, como si no quisiese participar de aquello. Entonces Max se encogió de hombros y esgrimió una sonrisa floja.
Es una tontería… —dijo a modo de disculpa.
Pues no lo parece —añadí.
Alba regresó a la conversación.
Ocurrió la semana pasada… —dijo.
¿No iba a contarlo yo? —La interrumpió Max.
¿Quieres contarlo? Bien, pues cuéntalo.
Es lo que voy a hacer.
Hazlo de una vez.
Yo asistí a la representación, ceja en alto, y encendí un cigarrillo. Max hizo lo propio y Alba también. Los tres fumamos en silencio durante unos pocos segundos en los que Max parecía ordenar las palabras en su cabeza.
La semana pasada —comenzó— cenamos con unos amigos. No los conoces. Son amigos de esos que… bueno, no mantienes un contacto continuo, pero tampoco quieres perderlo del todo. Quedamos una o dos veces al año. Siempre en el mismo restaurante. Un griego que hay al principio de…
¡Al grano! —Intervino Alba.
Max dio una calada al cigarrillo y la miró. Los ojos irritados. Le temblaban las manos.
Se notaba que algo había pasado —continuó—. Llegaron tarde. Estaban de mal humor, muy tensos. La cena fue un desastre. Yo echaba balones fuera y buscaba temas de conversación…
Tuve que preguntar yo —apuntó Alba.
Es cierto, preguntó ella —corroboró.
Como si fuesen mis amigos —musitó al tiempo que aplastaba el cigarrillo en el plato.
Max la ignoró y siguió.
Les costó contarlo. Lo hicieron… no sé, yo creo que lo hicieron como quien se pellizca durante un sueño. Para ser conscientes de que no era todo inventado y que realmente les había pasado. Yo qué sé. Se miraban y… les daba vergüenza o algo así. Nosotros nos lo tomamos a broma hasta que te asustas. Al final lo contó él. No se fue con rodeos. En el camino hasta el restaurante habían tenido un accidente con el coche. Cuando dijo eso, buf, nos quitamos un peso de encima porque, claro, ¿quién no ha tenido un accidente? Uno pequeño, sin importancia. Ya sabes.
Max dio un par de caladas muy breves y apagó el cigarrillo.
No era eso —explicó y carraspeó. Perseguía algo con la mirada, en la mesa—. Ellos viven en una urbanización. Conducían por una carretera secundaria, de esas con pinos y campos de siembra y granjas. Dijo que no lo vio venir hasta que escuchó el golpe. Frenó en seco. Habían atropellado algo. Al bajar, vieron el cuerpo en el arcén. Joder, dijeron que al principio les había parecido un cuerpo humano. Imagínate el susto. Yo les pregunté si no habían llamado a nadie, Guardia Civil, Unounodos… Y ella se puso a llorar. Imagínate el drama. Se puso a llorar. A esas alturas yo ya me estaba imaginando, yo qué se, que se habían dado a la fuga y… me pasó de todo por la cabeza.
Encubrimiento —apuntó Alba.
Eso, encubrimiento —Max golpeó la cajetilla de tabaco contra el dorso de la mano y encendió otro cigarrillo—. Ya me veía en comisaría. Me acojoné. Pregunté, ¿qué habéis hecho? Pero no lo hice porque daba por hecho que fueran criminales, sino con todas esas imágenes que uno ya da por ciertas. Son cosas que ves en la televisión y lees en la prensa y… bueno siempre piensas que les pasa a otros. ¿Sabes lo que quiero decir? Pues yo me dije: ya está; nos va a pasar a nosotros. Ella se mocaba con la servilleta. Fue una escena… había algo trágico en todo ello. Y él no podía hablar. Movía los labios, arriba y abajo, balbuceaba, pero ni una palabra coherente. Yo me temí lo peor. Los dos lo hicimos. Te lo juro, estaba tan acojonado que me eché a reír cuando lo dijo.
Max dio una calada al cigarrillo. Miré a ambos y extendí las manos sobre la mesa.
¿Qué dijo?
Habían atropellado a un extraterrestre —explicó.
Estallé en una carcajada. Fue algo natural, quizá producto del vino. La verdad es que mi risa fue la única y acabó como una mueca insegura.
¿Estás de coña? —Pregunté y me corregí al instante—. Estás de coña.
Para nada —respondió. Alba cruzó las piernas y asintió con la boca torcida a un lado.
Venga, Max —dije. Me llevé un cigarrillo a los labios, aunque no lo encendí—. Era una broma, hombre.
Eso pensamos nosotros —replicó—. No le creí, claro, pero él insistió.
¿Un extraterrestre?
Max, por favor…
Sólo te estamos contando lo que pasó —intervino Alba.
Ya, joder, pero… ¿un extraterrestre?
Eso dijo.
No me jodas… —murmuré. Jugueteaba con el mechero entre los dedos—. ¿Será posible?
Ponte en mi lugar, hostia. Ponte en nuestro lugar. Ella llorando a moco tendido y él pálido como si hubiese visto un fantasma.
Peor —dije—, había visto un alienígena.
Alba no entendió el sarcasmo o, sencillamente, estaba tan nerviosa que me saltó encima.
¿Qué hubieses hecho tú? —dijo—. Venga, ¿qué hubieses hecho?
Es evidente que se confundieron y… —busqué una respuesta sin quererla—, sería un animal o yo qué sé.
Eso mismo le dije yo —intervino Max—. Intenté quitarle hierro al asunto. Nadie atropella a un alienígena. Sería un perro o una oveja.
¿Le dijiste eso?
¡Claro que se lo dije! ¿Es que no escuchas?
Estaban histéricos. Trata de imaginarte la escena. Él decía que estaba seguro de lo que había visto. Un alienígena. Algo más de un metro de altura, cabeza ovoide, ojos grandes y oscuros, piel verde apagado. Yo le llevé la contraria. Se había confundido, no cabía otra explicación. La cosa se puso tensa. El tío estaba como ido.
Pero —dije—, ¿llamó a la policía?
No llamó a nadie.
Has dicho que ella buscó su teléfono —añadí.
Eso mismo le pregunté yo. Pero no hacía más que sollozar y sonarse en la servilleta. ¿Te lo imaginas? Quiero que te lo imagines porque fue una escena de puro drama. Todo el restaurante nos estaba mirando. Bajé la voz e insistí: no has atropellado a ningún extraterrestre. Entonces ella levantó la voz y dijo que también lo había visto que era cierto y que por eso no había llamado a asistencia en carretera ni nada de eso. Volvieron al coche y salieron de allí a toda prisa.
Pero eso no es todo —añadió Alba.
No, no es todo —corroboró Max.
Joder, no puedo creerlo.
¡Nosotros tampoco!
La cosa se había puesto incómoda —continuó Alba—. Nos levantamos sin acabar la cena. Pagamos y salimos de allí. Ella estaba destrozada. Destrozada. Y él… supongo que en estado de shock porque no paraba de parlotear, no se le entendía nada.
Me llevó en volandas fuera —dijo Max—. Hasta el aparcamiento y ¿qué había allí?
Su coche con una abolladura —respondí y chasqueé los dedos.
¡Sí! ¡Joder, sí! —Max dio un manotazo en la mesa y la vajilla tintineó.
Alba echó mano a su muslo y bisbiseo palabras de calma.
Eso solo demuestra que atropelló algo —argumenté—, pero en ningún caso que era un… joder hasta me cuesta decirlo.
Max apagó el cigarrillo de forma metódica.
Así es —dijo—. Aunque ellos lo tenían muy claro y teníamos que encontrar una salida porque la cosa estaba fatal.
Fatal —añadió Alba.
De repente se me ocurrió una cosa —continuó—. Dije: ¿no podría ser un niño disfrazado?
¡Claro! —Exclamé—. Ahí lo tienes, un niño o alguien con un disfraz raro.
Ella se vino abajo —explicó Alba—. Ambos lo hicieron. Creo que todos lo vimos claro. Habían atropellado a un peatón, quizá un niño, y se habían dado a la fuga.
Fue un jarro de agua fría.
Lo imagino —mascullé con el cigarrillo colgando en los labios—. Atropellar a un niño…
¡Y darse a la fuga por una puta locura! —exclamó Alba—. Es que, a ver, ¿cómo lo explicas eso? ¿Cómo puedes explicarlo?
Joder…
Tremendo —afirmó Max, negando con la cabeza—. Así que se subieron al coche y volvieron al lugar del accidente. Cuando se fueron, ella estaba hablando con la Guardia Civil y nosotros…
Agotados —añade Alba—. No te puedes imaginar, cuánta tensión.
Volvimos caminando a casa y no dábamos crédito a lo que había pasado.
¿Cómo pudo confundir un niño disfrazado con un…? —Sonreí con sorna y levante las manos—. ¿En serio?
Eso mismo nos preguntábamos nosotros. Estuvimos dándole vueltas y…
Yo me dormí en nada, caí muerta —apuntó ella—. Agotados.
Joder —musité y encendí el cigarrillo con la vista perdida a un lado.
Alba y Max suspiraron casi al unísono. Ella se sirvió vino y él se encendió otro cigarrillo. Crucé las piernas. Estaba sentado un poco de costado y apoyé el codo en la mesa. Balanceé la copa y contemplé el vino antes de beber.
Y ¿qué ocurrió? —Pregunté. Miré a uno y otro y ambos me esquivaron con gesto duro. Insistí—. ¿Qué fue lo que habían atropellado?
No lo sabemos —respondió Max.
No dije una palabra. Sentí que algunas frases se apelotonaban en mis labios entreabiertos, pero también que no sabía cómo acabarlas, así que opté por callar. El silencio fue largo. Max paladeaba el humo. Asomó la lengua a los labios un par de veces.
Al día siguiente llamé por teléfono a mi amigo —explicó. Su voz había cambiado. Era más serena, aunque trémula al fondo—. Tuvo el teléfono apagado todo el día.
Ella también —añadió Alba.
No respondió los mensajes —Max jugueteaba con la ceniza y el borde del cenicero—. Llamé a su oficina. Me dijeron que se había tomado el día libre. Cuando llegamos a casa…
Nunca en la vida he tenido tanto miedo —Alba rompió a llorar y yo, sorprendido, estallé en una carcajada que resultó obscena. Max abrió mucho los ojos, como si la hubiese insultado. En cierta manera, lo había hecho.
¿Qué queréis decir? —Murmuré con la sonrisa muerta—. Yo… no sé a dónde queréis ir a parar.
Al día siguiente —explicó Max, después de cruzar el brazo sobre los hombros de Alba—, mi amigo me llamó por teléfono. Se le veía muy feliz. Dijo que habían sufrido una gastroenteritis. Preguntó por Alba y por mí. Nosotros no habíamos notado nada raro, claro. Después dijo que habían adelantado las vacaciones, que les iría bien un viaje. Salían para Birmania esa misma tarde.
¿Y el accidente? —Pregunté.
Max esbozó una sonrisa preñada de amargura.
Eso le dije antes de que colgase —respondió—. Ya no se acordaba. Cuando insistí se rió. No era nada, dijo, un perro. Nos despedimos y colgó.
Mi cigarrillo tendía un puente de ceniza a ninguna parte. Max acabó su historia y, con mi siguiente calada, la ceniza se quebró y cayó sobre la mesa con el peso del plomo.
Joder —empujé afuera cada sílaba, muy despacio.
Sí —añadió Max con la misma lentitud.
Até cabos al ver sus ojos irritados humedecerse.
No me digas que iban en el avión que… —murmuré.
El avión que se estrelló en Ucrania hace tres días —concluyó.
Murieron todos los pasajeros —Alba habló para la nada, hacia un lado y abajo.
Una losa de silencio cayó tras las últimas palabras. Yo miré a uno y otro, en busca de cordura o un razonamiento cabal que pusiese las cosas en su sitio. Alba daba la espalda a Max. Mi viejo colega de estudios intentaba fumar, pero el temblor de sus manos fue a más hasta que desistió y rompió en un llanto desconsolado.
Chicos, chicos —dije—. ¿No estaréis diciendo que…? Vamos, por favor. Es una casualidad. Una jodida casualidad. Cosas así pasan todos los días. Alba. Alba, escúchame. No existen los hombrecitos verdes. No existen y… Max. Eres profesor de matemáticas. Te conozco desde… venga, hombre. Somos científicos. Sabes que no es posible. Joder, no es posible.
Tomé la botella y la vacié en mi copa. Sólo unas pocas gotas cayeron. Max sorbió los mocos. Tenía la mirada fija en el cigarrillo humeante y acariciaba con la punta la pequeña tumba de boquillas. Alba se abrazaba y contenía los sollozos.
¡¿Qué os pasa?! —Levanté la voz—. Es una casualidad, una puta casualidad. ¿Qué quieres decir? ¡Max! ¿Qué quieres decir? ¿Vamos a ponernos en plan conspiraciones y demás mierdas? Joder. Pero, ¿me estáis escuchando? ¿Qué coño os pasa?
Apuré el poco vino de la copa con rabia. Supongo que estaba enfadado. En ningún momento respondieron a mis preguntas. De hecho, ni siquiera me enfrentaron la mirada. Aunque, claro, ¿qué podían decir? Les exigía una respuesta racional y coherente, un motivo que justificase sus paranoias. Ellos lloraban y temblaban, de la misma forma en que debe hacerlo un condenado a muerte. El terror es algo inexplicable. Creo que estaban inmersos en un profundo estado de pánico. Algo que procedía de otro lugar, mucho más lejano y elevado, había alterado terriblemente su cerebro primitivo. Y no se puede justificar algo que no se entiende y que arrolla los diques de la razón.
No hablamos más. Minutos después me marché. Max y yo nos despedimos en la puerta. Un par de monosílabos. Caminé hasta el coche enfurruñado y de mal humor. No volvería a aquella casa. Me sentí ofendido por la traición. Porque era eso, una traición, como si hubiesen abierto las puertas al enemigo. Algo se había roto entre nosotros, los puentes que nos unían y que ahora dejaban al descubierto un precipicio. Una vez en el interior del coche seguía sin poder creer lo que acababa de pasar. Golpeé el volante varias veces y grité ofuscado y lleno de rabia. Cuando llevé la mano a las llaves en el contacto miré la casa de Max y Alba una vez más, negando con la cabeza, como un niño despechado y dolido y solo, sobre todo, solo. Entonces lo vi.
Cerca de la entrada, junto a los contenedores de basura. Una bombilla titilaba en lo alto. El velo de la penumbra caía y se esfumaba con cada parpadeo de la efímera luz. No había nada allí, aunque había algo. Intenté desentrañar lo que estaba viendo. Solo un rincón oscuro. Las sombras eran tan sólidas que parecían respirar con vida propia. Abrí la boca, pero no dije nada. Mi propia respiración empañó el vidrio y sentí que la noche se arrastraba hasta mí y extendía sus gélidos dedos en el cristal. Casi pude escucharla, respirando en aquel lugar mal iluminado, esperando, con los ojos puestos en mis ojos. La oscuridad me miraba.



Guillem López. 2014.