No mires abajo




En el primer párrafo de La polilla en la casa del humo, Veintiuno explica bastante bien la idea que, poco después, desarrollaría en el siguiente relato. Pero además, lo realmente interesante, es que No mires abajo serviría de germen para investigar y plasmar en obras futuras un concepto que me rondaba pero que todavía no había descubierto. Si bien al principio lo que me interesaba era la generación de la realidad a partir de su mención, incluso mediante la negación de la misma, como dice Veintiuno, la cosa derivó hacia otro lugar o, mejor dicho, el no-lugar. Pensaba, por aquella época, que la advertencia —no mires abajo—, que solía provocar el efecto contrario, generaba además la aparición de una realidad ajena al sujeto que era advertido —que existía abajo y todas sus consecuencias— y eso era lo que realmente me atraía y sobre lo que quería escribir. Porque, a un nivel literario, me gusta imaginar una existencia dependiente de la consciencia y que, al contrario que García Márquez, algunas cosas existen desde que son nombradas. En este caso, comencé a darle vueltas a la idea de un avión que despega y cuando aterriza, horas después, se dan dos fenómenos muy extraños: que los que bajan no son los mismos que subieron, porque han cambiado, y que bajan en un espacio que no se corresponde con la realidad que abandonaron. Y para llegar a esas probables y horribles posibilidades, algo ocurre en el interior del avión. Ese es el no-lugar: un escenario de tránsito en el que todo lo que ocurre es artificial, que solo sirve de paso de una realidad a otra y en el que los personajes se encuentran perdidos. Ambas ideas se mezclaron en mi mente y dieron lugar a este relato. ¿Qué ocurriría si, durante el tiempo que pasamos en ese no-lugar, además de cambiar nosotros resulta que el mundo también ha cambiado y ya no es aquello que recordamos, a medida de nuestras expectativas y previsiones?





NO MIRES ABAJO


Fasten your seatbelt.

Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza…
¿Qué has dicho? —Pregunta Eli. Algo ha debido entender de la siniestra imprecación, porque lo toma de la mano. Ferran recibe las caricias como si fuese la muerte en persona su compañera de vuelo. Pero no lo es. No todavía. Así que se esfuerza por esbozar una mueca temblorosa que no pasa por sonrisa. Ella da unas palmaditas en la garra de nudillos pálidos que se aferra al reposabrazos.
Relájate —dice—. Dentro de poco habremos aterrizado.
El avión da una sacudida. Ferran se vuelve y responde a las palabras de Eli con una mirada enajenada. Se escuchan algunas risas nerviosas. Ella lo ignora con un golpe de hombro. Toma la revista de la compañía y la hojea por enésima vez.
Piensa en lo que nos vamos a reír —murmura entre dientes.
Necesito una copa —dice él.
Eli abandona la revista y busca a las azafatas en el pasillo central.
¿Otra? —pregunta y tuerce la boca—. Creo que has hecho tarde, cariño.
Quiero decir, en cuanto bajemos —aclara.
Una nueva turbulencia sacude el aparato. Más risas nerviosas. Ferran ha sentido el golpe en los pies, como si hubiesen pasado sobre un bache, aunque no ruedan en ninguna carretera, sino a veinte mil pies de altura y bajando.
Oye, ¿estás bien? —Eli deja la revista—. No tienes buen aspecto.
Ferran hincha los carrillos cuando expulsa el aire. Cavila la respuesta. Espalda tiesa, mirada al frente.
He superado el despegue, pero no sé si podré con el aterrizaje —confiesa.
Ferran —dice ella y, de nuevo, lo toma por el brazo—, cariño…
Por fin, él se vuelve. Hay una súplica silenciosa en la mirada de condenado camino del patíbulo.
¿Quieres cambiar de asiento? —Pregunta ella.
Ferran asoma la lengua a los labios y después los dientes en otro intento fallido de sonrisa.
No importa —murmura. Devuelve la mirada al frente y repite para darse fuerzas—. No importa.
Piensa en lo que nos reiremos mañana.
Oh, sí, es muy gracioso.
Oye, podrías escribir algo sobre esto.
¿Sobre el miedo a volar? Eso está muy visto.
Oh, vaya —replica—. Cómo sois los escritores. Todo está inventado. ¿Verdad?
No escucha las últimas palabras de su mujer porque está demasiado concentrado en un mantra incontrolable. El susurro que apenas abandona los labios se ha convertido en un eco omnipresente en su cabeza. Es su alter ego, el que lleva la cuenta con los ejercicios de respiración, da consejos útiles sacados de manuales de autoayuda y enumera cada rutina con el mismo sonsonete que utiliza su terapeuta. Cómo lo odia. Su otro yo es un hipócrita. Capaz de pasar al reproche ante el primer inconveniente. Si el avión estallase en vuelo y ellos cayesen a tierra entre restos ardientes de fuselaje, las últimas palabras que escucharía en su cabeza serían: te lo dije. La has cagado otra vez. ¿No es cierto que te lo dije? Se va a estrellar. El puto avión se va a estrellar. Pero tú tenías que hacer este viaje. ¿Qué esperabas demostrar? Y cosas por el estilo.
La voz amortigua la cantinela. Se vuelve con la boca entreabierta. La ventanilla refleja un espectro translúcido. Al otro lado, la oscura densidad de las nubes.
¡No mires abajo! —Exclama ella de repente.
Ferran da un brinco y atrapa las gafas al vuelo.
No mires abajo o será peor —le reprende. Libera el cinturón y se incorpora—. Vas a cambiarme el sitio. Venga, ahora mismo.
¡Hostia, cariño! —protesta él. Intenta colocarse las gafas, pero le tiemblan las manos—. ¡Si no se ve una mierda!
Cambiemos de asiento.
¡No!
¿Estás seguro?
Joder, claro que no estoy seguro —Le falta el aire y tartamudea antes de seguir—. Pero, pero tendré que intentarlo.
Eli suspira ante la tozudez de Ferran. Lo hace de esa forma resignada a la que ya se ha acostumbrado. Regresa a su asiento y se abrocha el cinturón.
Bien —claudica—. Como veas. Pero no mires abajo.
Sin hacer caso, Ferran habla hacia la ventanilla.
No se ve un carajo —dice—. Mientras no tenga un punto de referencia, todo irá bien.
Ella entorna los párpados y toma de nuevo la revista. Pasa las páginas mientras musita algo que no se entiende.
Un minuto después, la voz del capitán aparece en los altavoces de forma repentina. Dice algo en inglés y después en castellano. Se escuchan murmullos de fastidio entre el pasaje.
¿Qué? —Pregunta Ferran—. ¿Qué ha dicho? ¿Qué es lo que ha dicho?
Tranquilo, cariño —responde Eli.
Pero, ¿qué quiere decir eso? ¿Qué es eso?
Son cosas que pasan.
¿Cosas que pasan? ¿Qué pasa? ¿Qué es lo que pasa?
Eli sonríe. Un ligero rubor ha aparecido en sus pómulos nórdicos. Hace calor allí dentro. No es solo cosa suya.
Cariño —murmura—, estás muy nervioso. Hay una tormenta sobre la ciudad y tendremos que esperar en el aire hasta que la cosa se calme. Eso es todo. ¿Comprendes?
Claro que comprendo —responde, indignado—. No estoy sordo. No estoy sordo. ¿Será posible? Una tormenta.
Es normal.
Ferran la mira como si fuese una aberración de la naturaleza, aunque ella no se ofende.
¿Cómo de normal?
Normal.
¿Pasa mucho?
Ya no tiene gracia. La paciencia se lleva por delante la ternura en la voz de Eli.
Normal no es habitual —explica.
Una turbulencia pone el punto y final a sus palabras. Ambos saltan en los asientos. Alguien da un gritito al fondo. Risas nerviosas.
Oh, mierda —dice él.
Por favor, Ferran, ¿quieres tranquilizarte?
Estoy bien —traga saliva y la nuez sube y baja como un metrónomo del miedo—. No pasa nada.
Tranquilízate. Solo es un retraso.
Joder.
Volaremos en círculos hasta que la cosa se calme.
¿Cuánto tiempo?
¿Cuánto tiempo? Cariño, por favor, no lo sé.
No podemos volar mucho tiempo.
Solo será un rato, ya verás.
¿Y el combustible? ¿Qué pasa si acaba la gasolina o lo que sea que lleva este trasto?
No se acabará.
¿Cómo lo sabes?
Joder, porque pueden enfrentarse a estos imprevistos.
Tú misma has dicho que no era algo habitual.
Todo está previsto, cariño.
¡Ja! —La apunta con el dedo en alto—. ¿Está previsto el imprevisto? ¿Qué locura es esta?
Eli tuerce la boca y lo mira fijamente. Ferran parece un condenado al que acaban de amarrar a la silla eléctrica. Suda y murmura pensamientos entrecortados en voz alta.
Solo es una tormenta —repite ella. Da por zanjada la discusión y regresa a la revista.
Una voz aparece entre los asientos. Ambos se vuelven. Un tipo asoma la nariz y el bigote.
No había ningún aviso de tormenta —murmura—. Comprobé el pronóstico y daban buen tiempo para todo el fin de semana.
Ferran abre mucho la boca.
Será por el viento —replica Eli. Enrolla la revista y la utiliza como batuta, poniendo el acento en cada sílaba—. Rachas de viento.
Ferran interroga al viajero tras ellos. El tipo no añade nada más. Levanta las cejas, mastica el apunte de Eli y regresa atrás. Un bisbiseo germina en algunas filas. Las cabezas se inclinan a un lado y otro. En ocasiones, encuentran ojos sin párpados o con exceso de ellos, duros o demasiado blandos. Tras la última turbulencia ya no se escuchan risas. Una azafata pasa corriendo en dirección a la cabina. Eli se asoma y la ve desaparecer tras la cortina. Al volverse descubre a Ferran sobre la ventanilla.
¡No mires abajo! —Exclama.
Él brinca de nuevo y amaga un grito enrabietado.
Perdón —se disculpa Eli.
No se ve nada, joder —explica.
Mejor así —murmura ella. Cabecea y repite—. Mejor así.
Abre la revista y pasa las páginas, pero ya no lee. Ni siquiera mira las fotografías. Escucha el sonido de los motores, sigue el nivel de las luces del suelo —a veces desciende, estable la mayor parte del tiempo—, cada zarandeo y el vaivén de la nave. Un asistente de vuelo recorre el pasillo en dirección a la cola. Algunos pasajeros le preguntan y el responde con evasivas y una mueca cerea.
Tiene razón —dice el pasajero de la izquierda. Eli estrecha el cejo y el tipo se explica—. No hay ninguna tormenta.
Ella estalla en una carcajada cortante y preñada de sorna.
¿Cómo lo sabe? —Pregunta al tiempo que niega con la cabeza.
El tipo se encoge de hombros e insiste.
No hay ninguna tormenta —repite.
Ferran se hincha como un globo. Eli intenta mantenerse firme, pero la verdad es que al sentir la tensión en su marido, balbucea.
¿Cómo que no hay tormenta? ¿Y qué es eso de ahí fuera? —Pregunta, señalando afuera.
El pasajero mira sobre ellos y admite, con la boca pequeña.
Nubes —dice—. Pero no es una tormenta.
Eli le apunta con la revista, de nuevo enrollada.
No diga tonterías —escupe.
Una mujer asoma desde el otro lado.
Sólo es una excusa —dice.
La revista se queda en alto, pero la amenaza no surte efecto, así que bufa, indignada.
Debería darles vergüenza —les reprocha—. ¿Por qué no se callan?
Los otros regresan a sus bisbiseos, empujados por la pose enfurruñada de Eli. Ella, sin quitarles ojo de encima, se esfuerza por desplegar la revista sobre su regazo. Ferran murmura un galimatías. Se muerde los labios y toma aire, dando sorbitos rítmicos. Es la última vez que viaja en avión, la última.
¿Falta mucho? —Pregunta, entre dientes.
Cariño… —Se lleva ambas manos a la cara. Su voz suena amortiguada entre los dedos. El paso apresurado del asistente que regresa hacia la cabina la interrumpe. El chico intenta no correr. Pegado a la oreja, un teléfono móvil.
¡Hey! —Exclama alguien—. ¡Nada de teléfonos!
Eli se asoma al pasillo central. La tripulación conspira ante la puerta de la cabina. El azafato teclea en el teléfono, visiblemente nervioso. Al regresar atrás, Eli topa con la suspicaz suficiencia del pasajero de al lado. Quiere enojarse, pero no puede.
¿Qué ocurre? —Pregunta Ferran.
Responde sin apartar la mirada del hombre y la mujer en la fila contigua. Ella enciende un teléfono a escondidas. Algunas voces protestan al fondo. Tras una turbulencia a la que siguen un par de chillidos histéricos, el avión comienza el descenso.
No pasa nada, cariño.
Estamos bajando —insiste—. ¿Estamos bajando?
Eli busca al frente. El ángulo de inclinación es muy pronunciado. Los motores silban. ¿Un aterrizaje de emergencia? No parece que hayan sufrido avería alguna. Sin responder a Ferran, desliza una mano sobre la de él. Lo hace sin intención, de forma distraída.
¿Qué ocurre? —Salta él y estira el cuello, mirando a todas partes —. ¡¿Qué está pasando?!
El tono de Ferran hace saltar todas las alarmas. Algunos pasajeros se ponen en pie. Piden una explicación, como si pudiesen pedir una hoja de reclamaciones o una comisión parlamentaria. Una asistente de vuelo corre por el pasillo. Despliega los brazos y ruega calma. Que todo el mundo regrese a sus asientos y se ponga los cinturones. No todos le hacen caso. Un niño de pecho berrea. La azafata es una mujer rubia. El maquillaje y el sudor dan un toque plástico a su rostro. Una turbulencia sacude el aparato y la azafata cae de espaldas. Los motores aúllan.
¿Qué está pasando? —Pregunta Ferran de forma mecánica, sin esperar respuesta alguna—. ¿Qué coño está pasando?
Eli abre la boca, pero no dice nada. Descubre que su mano se ha cerrado sobre la de Ferran con tanta fuerza como la de él atrapa el reposabrazos. Da un nuevo vistazo hacia la cabina. La azafata rubia ha regresado a su asiento. Está llorando. Si no son lágrimas lo que hay en sus ojos, por lo menos gimotea y tiembla.
Un agudo pitido precede a la voz del capitán en los altavoces. Dice algo en inglés. Después en castellano. Apenas se entiende nada. Vamos a proceder a un aterrizaje de emergencia. Permanezcan en sus asientos. Que Dios nos proteja. Una turbulencia obliga a cabecear a la aeronave. Ya no hay risas nerviosas ni gritos histéricos. El silencio es tétrico. Ferran bisbisea: ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Qué está pasando? ¿Qué está pasando?
Eli mira arriba. Todavía no ha cerrado la boca. La barbilla le tiembla un poco, quizá por el traqueteo del avión; quizá. Desde el ángulo de los párpados puede ver al hombre y la mujer de la fila contigua, abrazados. Las últimas palabras del capitán reverberan en su cabeza. ¿Cómo se atreve a decir eso? ¿Ha sido un error? ¿Qué se supone que deben pensar los que no creen en ningún dios? ¿Se acogen a la física de los ingenieros, al protocolo de seguridad y emergencias del aeropuerto? ¿Qué hace un ateo en estas circunstancias? ¿Confía todo a los elementos metálicos que componen la estructura de la nave? Santa aleación de aluminio, litio y refuerzos de fibra de carbono, vela por nosotros, pecadores. Así que es todo una cuestión de probabilidades, de matemática. Una entre un millón. Quizá esa una es Dios. Quizá Dios sea también cosa de probabilidades, de una entre mil millones.
Con un sonido extraño que los ensordece, el avión atraviesa las nubes. Como un movimiento reflejo, todos se vuelven hacia las ventanillas. Eli descubre el horizonte nocturno y la panza de la tormenta sobre ellos. Ferran también mira. Desde su asiento puede ver tierra firme. De repente, todo cambia. Un resplandor flamígero le ciega. La luz baila en su rostro. También se iluminan las nubes con extraños juegos de sombras y destellos reflejados.
¿Qué ocurre? —Pregunta ella—. ¿Qué es eso?
Ferran no responde. Abre mucho los ojos. Queda lívido. Levanta una mano blanda y apenas toca con la punta de los dedos en el cristal. No pestañea. Los motores silban. Columnas de humo y espirales de ascuas ardientes ascienden hacia el cielo. Las alas dan tajos a la cortina de ceniza y polvo.
¿Qué ocurre? —Insiste Eli—. ¿Qué pasa?
Ferran se vuelve muy despacio. El calor del incendio todavía se refleja en su piel. Con la misma lentitud baja la persiana de la ventanilla.
No mires abajo —dice.

Guillem López. 2016





0 comentarios:

Publicar un comentario