Todos los niños del mundo



Finales de verano de 2014. Había firmado con la editorial Aristas Martínez la cesión de derechos de Challenger. Venía de publicar dos novelas de fantasía épica que tuvieron una acogida más que aceptable, pero sobre todo de una travesía en el desierto de más de dos años. Si alguien todavía se acordaba de mí, lo que menos esperaba era una novela coral que giraba en torno al accidente del transbordador espacial en 1986. Me propusieron escribir un relato para la revista Presencia Humana #4, por eso de que se fuese escuchando mi nombre otra vez y la transición no fuese tan brusca. Escribí Todos los niños del mundo, un relato de trincheras, máquinas monstruosas y soldados que luchan contra un ejército de niños que amenaza el mundo, su mundo, y no van a permitirlo de ninguna manera. Creo que la idea surgió cuando escuché una noticia en la que se criminalizaba a unos menores detenidos tras una manifestación. Hay que contextualizar lo que fueron los primeros años de la década: paro, incerteza, corrupción, gente en la calle, rodea el Congreso, activistas detenidos por terrorismo... La rabia y el odio con que hablaron de ellos algunos medios de comunicación se convirtió en relato. ¿Hasta donde están dispuestos a llegar algunos con tal de mantener sus privilegios? Lo de la guerra y las trincheras es circunstancial. Me interesa la alegoría porque, francamente, vivimos atrincherados, en el fango, pasamos la vida resistiendo, con la fe ciega puesta en sobrevivir hasta la jubilación y salir del frente. Pero la guerra nos perseguirá siempre. Utilicé de nuevo ese escenario en la antología Cuentos desde el otro lado, coordinada por Concha Perea (Nevsky. 2016). Pero esa es otra historia. Lo importante aquí era matar niños de lunes a sábado, jornada partida; abierto en Navidad y puentes.




TODOS LOS NIÑOS DEL MUNDO


Recuerdo bien la tarde en que llegó el novato porque había un niño moribundo en la alambrada y sus maullidos eran un metrónomo afilado. Nosotros estábamos acostumbrados, pero para un novato no era fácil hacer oídos sordos, así que se acurrucó en un rincón y hundió la cabeza entre los hombros. Si cierro los ojos todavía puedo verlo allí, asfixiado bajo la chaqueta de pana, con la corbata torcida y ese bigotito recortado. Cómo temblaba el desgraciado. La memoria es un testigo que se deja meter mano. Es cierto. Todo lo otro se ha convertido en una bruma pegajosa que me incomoda, me provoca urticaria, como cuando los cañones disparaban gas y el viento lo empujaba de vuelta a nuestras trincheras. La guerra ocurrió. Eso creo. Lo importante es que ganamos y el mundo sigue siendo nuestro, a nuestra manera. Y el novato… recuerdo la tarde en que llegó.
Yo tenía treinta y ocho años. Lo sé porque recibí una carta de mi hermana esa mañana. Malas noticias. Después del correo apareció el alférez y abandonó allí al novato, con el contrato en el bolsillo de la chaqueta. Nadie le prestó atención, ni siquiera los rateros que se dedicaban a desplumar a los nuevos antes de que les diesen un tiro o los despanzurrasen a morterazos. Yo tampoco le hubiese hecho caso pero la cosa es que la carta de mi hermana debió de ponerme las tripas del revés. Lo miré de lejos, con el codo hincado en los sacos terreros. No era más que un paquete con pintas de oficinista trasnochado, tan asustado como un ratón fuera de su escondrijo. Era patético. Reflejaba la triste realidad de la guerra, de cómo estábamos perdiendo la guerra. Si habían enviado a un tipo como aquel, es que la cosa estaba jodida de verdad. Sin armadura, con un casco abollado que le venía grande y un rifle viejo rematado por una bayoneta de óxido y sangre seca. Era la antítesis de un hombre, lo contrario de aquello por lo que luchábamos. Pero claro, mirando alrededor, ¿quién podía decir que éramos un ejército de hombres libres? Todo tenía un aire chabacano y cutre, como el escenario de una película barata. La trinchera, los uniformes, las armas de plástico, el café aguado, el fango y la mugre. Lo único auténtico era la peste a carne podrida y mierda y la voz de aquel niño enredado en la alambrada.
Me puse en pie y caminé hasta él. Mi capote acorazado de barro viejo pesaba como un demonio. Dejé el fusil a un lado y él levantó la vista. Tenía los ojos claros. Era joven. Casi podría haber estado en el otro bando. Pero allí estaba, con nosotros, dispuesto a morir por su trabajo, su familia, su modo de vida que también era el nuestro. En realidad, su papel era sustituirme a mí cuando cayese la noche y comenzasen los combates, interponerse en el camino de alguna bala, pisar una mina o prender una mecha demasiado corta. Eso, él no lo sabía aunque quizá lo sospechaba.
Dijo algo que no entendí. Tartamudeaba por el frío o por el miedo. Todo él temblaba. Yo dí un gruñido porcino y me senté a su lado.
De Valladolid —murmuró—. Soy de Valladolid.
Asentí y comprendí que antes había dicho su nombre. Yo no le dije el mío porque trae mala suerte. Busqué en el interior de mi pelliza. Saqué el tabaco. Golpeé la cajetilla en el dorso de la mano y le ofrecí un cigarrillo. Él lo aceptó.
Contable —dijo—, administrativo contable.
Un disparo lo sobresaltó. Jacinto apuntaba el arma sobre los sacos hacia la tierra de nadie y la alambrada. Los otros lo llamaban con fastidio porque tenían una partida a medias y era el turno de Jacinto. Era mejor jugador de tute que fusilero.
Asentí de forma paciente y ofrecí fuego al novato. Él ladeó la cabeza y sonrió nervioso. El humo escapó entre sus labios. Tosió y dio unas cuantas caladas cortas que lo ocultaron tras un velo ocre.
No tengo hijos. —Las palabras cayeron a sus pies. Ambos miramos abajo, en busca de aquel mejunje regurgitado. Se volvió hacia mí. Pensé que rompería a llorar. La piel pálida, de sebo, todo él como un ídolo escolástico. Yo pestañeé y torcí la boca. Él repitió—. No tengo hijos.
Di un largo suspiro. Quizá demasiado paternal. No era mi propósito. Disimulé la vergüenza con un escupitajo. Estiré las piernas y crucé una bota sobre la otra. Reposé la espalda y me toqué la polla. Me gusta tocarme cuando pienso; me gustaba cuando tenía polla. Miré arriba. Nubes de ceniza. Un tetraheli pasó sobre nosotros con su rítmico traqueteo y el zumbido de las turbinas. El novato me imitó y buscó mis pensamientos en el cielo, como si pudiese descifrar en las alturas lo que pasaba allí abajo. Fumaba como un lagarto amaestrado. Un nuevo disparo lo hizo volverse. Los lamentos del niño en el alambre desaparecieron y Jacinto regresó a la partida de naipes.
Mejor —dije. Me sorprendí al escuchar mi propia voz, rota, estéril como la tierra que defendíamos. Carraspeé—. Mucho mejor.
Él se volvió. La boca entreabierta, espantado, como si no pudiese aceptar aquellas palabras. Tal vez fue la manera en que lo dije. La tranquilidad de los supervivientes saca de quicio a idiotas y fanáticos. El novato era un idiota. De tener dos dedos de frente hubiese huido de la guerra. No lo hizo y ahora trataba de convertirse en lo segundo a toda prisa. Los fanáticos son impermeables, son tipos de principios, de convicciones. En la guerra no hay lugar para las dudas. El que duda se mata o se deja matar. Yo supe bien pronto de qué lado de la bayoneta quería estar.
Claro —bufó una media sonrisa y encogió los hombros—, ¿quién quiere traer niños a este mundo?

Cayó la tarde y no pasó nada. A lo lejos se escuchaban las baterías de artillería. El suelo retumbó un par de veces y nosotros nos reíamos con sorna porque a alguien le estaban zurrando de lo lindo. Sin embargo, las bromas se ahogaron con el presagio de que la batalla final se acercaba. Es algo que todos los animales saben: cuando llega el momento; ¿y qué éramos nosotros sino animales? Así que guardamos silencio porque las palabras se vuelven de esparto. Sólo se escuchaba a algún Comisario de propaganda que jaleaba: ¡matadlos! ¡matadlos a todos!, con los ojos iluminados por las explosiones. El incendio de la ciudad resplandecía en el horizonte. Luego supimos que esa noche los bombarderos lo habían soltado todo, que no dejaron más que un mar de escombros. Sin náufragos, sólo cascotes y pedazos de muertos.
Así que esperamos.
En la guerra, como en la vida, todo es esperar. Un aburrimiento que vuelve locos a los más pintados. Porque durante el tránsito que va del nacimiento a la muerte —desde que te enfundan en tu uniforme, te dan un nombre y un fusil, te destetan y violas a las mujeres del enemigo, atiendes en clase, en la última fila, y suplicas por un final rápido cuando a un amigo le vuelan los sesos—, uno espera y espera y los altavoces no callan un instante, ni siquiera cuando duermes, cuando intentas dormir. Mientras haces la instrucción y al graduarte, al salir de compras por Navidad, al ver pasar los desfiles militares o ejercicios acrobáticos en televisión… siempre resuenan de fondo las soflamas, las advertencias. Esperas y esperas, con el pensamiento muerto, hasta que, de repente, todo ocurre muy rápido. Como un gran final. La mayoría viven y mueren con una expresión pasmada, una sonrisa tonta.
Es una broma sin gracia.
Entonces comenzó todo.
Las bengalas bailaron sobre la tierra de nadie, esa zona muerta que nos esforzamos en levantar entre ellos y nosotros, un laberinto de excusas y trampas mortales salpicado de cráteres. Un paisaje marciano, de otro planeta pero aquí, en lunes. Y el murmullo de mil gritos apareció en la distancia, abriendo el camino a la marea que se nos venía encima. Corrían y saltaban y nuestros morteros pellizcaban sus filas con estallidos sordos. Las ametralladoras tabletearon sobre nuestras cabezas. Yo me agarraba el casco y cerré los ojos y la boca para no tragar barro. El novato gritaba a mi lado. Ni siquiera él escuchaba su voz. Lo empujé y traté de apartarme de él, poner tierra de por medio, pero él se arrastró, buscando el cobijo de mi cuerpo.
Los silbatos nos empujaron afuera, como un mecanismo irracional que habíamos aprendido en la escuela. Apuntar y disparar, apuntar y disparar. Estaban cerca y ya casi podías ver sus ojos. Sus cuerpecitos estallaban como globos de tripas y sangre bajo el fuego de las ametralladoras. Disparar, disparar. Pero no pudimos frenarlos. No esa noche. Y saltaron sobre nosotros como pequeños diablos. Los niños, los malditos niños.
El primero se ensartó en mi bayoneta. Volteé el fusil sobre mi cabeza y di con él contra el suelo. Lo rajé de arriba abajo y no tuvo tiempo para llorar ni quejarse. Se quedó lívido en un instante. Vestía una camiseta de tirantes y un pantalón andrajoso. Era todo hueso y pellejo y me recordó a un perro que solía visitarnos en la trinchera y que decidimos matar porque no servía más que para traernos pulgas. Hay cosas que deben hacerse a conciencia, por el bien común, por conservar el estado de las cosas, las cosas que valen la pena. Es algo que hemos conseguido; luchamos y ganamos, por eso estoy aquí para contarlo.
En adelante todo se volvió confuso, como cada vez que luchamos en las trincheras. Había disparos y gritos y explosiones. Se luchaba a cuchilladas, a zarpazos. Es algo que no se puede explicar con palabras ni con imágenes. Matar así, de esa forma, de cualquier forma. El mundo desaparece, se convierte en el ojo de una cerradura y uno se acuclilla y espía, con horror y morbo siniestro, lo que ocurre al otro lado. Y lo que ves… oh, eso debe ser la pesadilla de algún enfermo hijo de puta. Las cadenas de los blindados aplastaban en el fango todo lo que se les ponía por delante. Salpicones de líquido amniótico y humores viscosos que te dejaban ciego. Bebés entre nuestras botas, ahogándose en el mosto de sus propios cuerpos. Bombas mecánicas, gigantes de carne recosida con remaches y polillas voladoras. Y sus vocecitas de niña, lazos rosa, y la empalagosa cantinela en sus filas y los dientecitos pequeños y afilados como agujas, hechos para demoler la civilización, para comerse el presente, el futuro, nuestro futuro.
Ah, los niños. El grueso de su ejército no tendría más de nueve o diez años. Algunos eran más mayores. Saltaban nuestras defensas y se lanzaban sobre ti dando tajos al vientre, a la entrepierna. Los machetes hacían su trabajo en las distancias cortas. Para eso se inventaron, para convertirnos en máquinas y fabricar carne picada que te salpicaba la cara. Y no podías detenerte, no había descanso ni pausa, ni hora del almuerzo ni nada, porque si lo hacías… pararse es la muerte, el final; no hay que parar, nunca. Los hombres de principios no se detienen, los hombres seguros de sí mismos. ¡Matadlos! ¡Matadlos a todos!, gritaban. Eran ellos o nosotros. Venían a destruir, a transformar, a castrarnos y vestir nuestro pellejo como amuleto. Porque eso hacían. ¿No lo sabías? Si te cogían con vida te cortaban los huevos. Eran ellos o nosotros.
Sentí la primera cuchillada por la espalda y luego una segunda que, en realidad me rajó el culo de parte a parte. Caí como un muñeco de paja de esos que se queman en las fiestas del pueblo. El dolor no lo he olvidado, supongo que dejó ahí sembrado su recuerdo, en la cicatriz. Rodé sobre mí mismo para mirar a los ojos al que me había matado, por orgullo más que nada. Era un chico alto y atlético, de pelo largo y oscuro como su ropa. El cabrón tenía un cuchillo en cada mano y un cinto cruzado sobre el pecho del que colgaban unas cuantas bombas de mano y sueños de cristal.
En momentos como éste me gustaría recurrir a todas esas memeces literarias que se utilizan en los discursos conmemorativos. Cuando uno se sube a la tribuna del senado y loa a sus antepasados, a los hombres y mujeres que construyeron nuestras instituciones, la familia, la patria, y después canta el himno y se lleva la mano o el muñón al pecho. Patrañas. Yo mojé los pantalones. Miré abajo y vi la sangre viscosa y el meado y me imaginé con el culo roto y la lengua azul asomando al tajo que aquel chiquillo me abriría en la garganta. La muerte nos devuelve a lo que somos.
Una sombra apareció tras él y el rostro del chico se descompuso, se vino abajo como el queso tibio. Dio un paso a un lado con los ojos en blanco y cayó junto a mí. Yo todavía no sabía qué era lo que había pasado, así que me quedé allí, sentado sobre los filetes de mi culo y parpadeé, sorprendido o extasiado. El novato levantó sobre su cabeza la piedra con la que lo había golpeado y se abalanzó sobre él. Las balas silbaban por todas partes y el novato parecía otra cosa, un soldado de verdad. Había sufrido una metamorfosis y lanzó su rabia en forma de piedra sobre el niño que me había acuchillado. El cielo se prendió fuego y el novato levantó la piedra y la dejó caer una y otra vez y otra y otra más. Gritaba, creo que yo también lo hacía. Su silueta no era suya, era otra cosa, como la piedra, que me pareció una máquina de escribir, una de esas antiguallas, una Olivetti. Lo hizo hasta que el carro de acero saltó por los aires y él se quedó jadeando sobre las teclas, con la camisa y la corbata manchadas de sesos y hueso blanco, tan blanco. Era el cerebro de un niño, suave y puro.
Nos miramos un instante. Él jadeaba. Yo también. La lucha continuaba y los niños no paraban de llegar. Los tetras disparaban cohetes sobre nuestras propias trincheras y un lanzallamas achicharró el puesto de mando y se interrumpió la emisión durante un rato. Muchos telespectadores se perdieron el final. Qué hedor la carne abrasada. Los altavoces berreaban: ¡Matadlos! ¡Matadlos a todos! Y eso hicimos, vaya sí lo hicimos. Durante todo el día y toda la noche. Salvamos el mundo. Es algo de lo que podemos sentirnos orgullosos. Y al novato no volví a verlo. Desapareció con su máquina de escribir o lo mataron. No lo recuerdo. Como otras tantas cosas que olvidé de la guerra. Hay que olvidar para salvar el mundo que nuestros padres construyeron, un mundo viejo al que traer niños nuevos.

Guillem López. 2014

Autor: Otto Dix


0 comentarios:

Publicar un comentario