Vacaciones




Para la antología Retrofuturo (Cazador de ratas. 2016) —que también coordiné— no me puse ninguna barrera a la hora de hilvanar géneros y fuentes. El propósito de la antología partía de la idea de llevar el Steampunk a los años setenta que, por otra parte, siempre me han parecido la cumbre de la decadencia. Una década nacida de las pesadillas lisérgicas del verano del amor, la crisis de los combustibles sólidos, guerra fría, primeros atisbos de la amenaza climática, neoliberalismo salvaje, paro, pobreza y heroina. Años que culminaron con el estallido del punk, como no podía ser de otra manera. Visto así, era como volver a casa. Hacía poco que había descubierto la historia de Teresa Plà Meseguer, La pastora, una maqui valenciana intersexual que huyó a Andorra hasta que fue detenida en los años sesenta. Su condición me cautivó desde el principio, como una luz en la oscuridad, y me propuse utilizarla en mi historia porque yo quería hablar de un mundo que muere, otro que nace y entre medias alguien que no pertence a ninguna parte, que habita en la frontera. Los lugares indeterminados son incómodos, a nadie le gusta aquello que no puede definir, especialmente a los fascistas y conservadores: es el viejo diablo, los demonios más allá del límite, donde no tienen poder ni control. Así que pensé en una ciudad de València, sometida al fascismo, pero que levita entre las nubes encadenada a España. También metí futurismo retro y algo de mitología grecorromana, protagonistas que son los malos, la miseria de la periferia siempre cerca del abismo y una guerrillera de clase obrera, roja y trans. Una escopeta de cañones recortados, por favor.





VACACIONES


Valencia, en mil novecientos setenta y dos, es conocida por la paella, las fallas y porque amanece casi a las diez de la mañana. Lo de la paella y las fallas es una costumbre. Lo de amanecer dos horas tarde es consecuencia lógica en una ciudad que levita entre las nubes y tierra firme. La urbe es en realidad un peñasco flotante amarrado a España, en previsión de que huya del poniente mar adentro o que el garbí la empuje demasiado al norte. Sus habitantes ya se han acostumbrado al vaivén y a muchas otras cosas. Entre ellas el zumbido de tanto reactor nuclear, turbina, generador y enjambre de turistas por todas partes.
Es lo que tiene una ciudad flotante: hélices del tamaño de un campo de fútbol y bares con terraza junto al abismo. Un reclamo infalible. La reserva espiritual de Occidente a vista de pájaro. ¿Quién puede resistirse a echar un vistazo? Camareros con pajarita corretean entre las mesas y cantan las tapas. Tellinas, calamares, bravas, mejillones. Oído cocina. Mujeres rubias con pantalones de campana. Un galgo afgano. Y por la tarde toros y flamenco. En Valencia, la ciudad flotante. Olé. Arriba España o, mejor dicho, abajo, allí abajo.
Vázquez observa a esos turistas que ríen en las terrazas. Está sentado junto a la ventanilla del trolebús, detenido en un semáforo. El periódico sobre el regazo. Vacaciones, piensa, ¿se puede estar de vacaciones todo el tiempo? Levantarse tarde, comprar el pan, vermut con ginebra y dos aceitunas, siesta, salir a pescar. Una semana más y se jubila. ¿Y qué es la jubilación si no unas vacaciones que acaban en el último y definitivo final? En realidad no son vacaciones, es una especie de epílogo innecesario, una justificación, una lista de excusas. En comisaría ya le hicieron una fiesta de despedida. Le regalaron un bonito trofeo de cerámica pintado a mano, con la bandera nacional, el escudo de la brigada y el lema: GRANDE Y LIBRE. Fue un momento emotivo. Descorcharon una botella de champaña y brindaron. ¿Por qué lo hicieron? Desde la distancia le parece una celebración morbosa y terrible. Llegado a este punto, Vázquez siente un extraño vértigo que lo agarra de las tripas. Dejará Valencia y dará con los pies en el suelo. Se mudará a Cartagena con Paqui. Levantarse, beber, siesta, beber, pescar… Vázquez está jodido.
Las puertas delanteras se abren con un suspiro hidráulico y Mateo Morales sube a bordo. Vázquez amaga un gruñido, sacude el periódico y se parapeta tras él. Morales, un tipo de los que esgrimen la juventud con chulería y prepotencia, se sienta a su lado.
Buenos días, jefe —dice.
No me llames jefe —masculla él.
¿Por qué?
Porque no soy tu jefe, coño.
Perdón.
Y se supone que somos policía secreta —dice, sin apartar la atención del diario—. Cantas mucho.
Perdón, no puedo evitarlo.
Vázquez murmura algo que no se entiende. El joven cruza los brazos, tararea una cancioncilla y mira atrás. Da un repaso a todos y cada uno de los pasajeros. Un par de viejas, un obrero y varios estudiantes a los que mira sin parpadear hasta que se sumergen entre los hombros. Finalmente, chasquea la lengua y regresa a Vázquez.
¿Qué lees? —Pregunta.
El diario.
¿Ha pasado algo?
Pepe Legrá defendió ayer el título europeo en Inglaterra.
Morales mastica la respuesta y arruga la boca.
¿Ese es el moreno, no? —Lo interroga.
Sí.
Asiente y se balancea en el asiento.
Yo soy más de fútbol —confiesa.
Vázquez, ahora sí, se vuelve y lo observa como quien descubre medio gusano tras morder una manzana. Durante un breve instante, recuerda cuando Zapata se convirtió en campeón de Europa, veinticinco años atrás. Y cómo su cuñado —en paz descanse— tras apagar la radio y encender un cigarrillo dijo: ojalá todos los problemas pudiesen resolverse en un ring, nos iría mucho mejor. Eso dijo. A sabiendas de quien era él y a qué se dedicaba. Claro que era una conversación a puerta cerrada. Después fumaron en silencio mientras apuraban la copa de Terry. Arreglar las cosas a mamporros, como Dios manda, pero en un ring. ¿Cómo podía explicarle algo así a Morales? ¿Podría acaso entenderlo aquel falangista de última hora? Ni siquiera adaptando el símil al fútbol, en el Bernabeu, durante la final de la Copa del Generalísimo. Vázquez se rinde cuando la imagen del Caudillo en calzones viene a su mente.
Dicen que la han cogido —murmura, de repente, Morales.
Él parpadea mientras trata de descifrar las palabras. Hay satisfacción y placer contenido en sus ojos y en la comisura de los labios.
¿Qué dices? —pregunta, por fin.
La graya.
Las cejas de Vázquez salen disparadas y con el frenazo le arrugan toda la frente.
No me jodas.
La han cogido.
El inspector paladea la noticia y disimula la sorpresa.
Y ¿tú cómo lo sabes?
Porque lo sé y punto —Morales sonríe.
Vázquez regresa al diario y observa una fotografía de Legrá en la que sacude un mamporro al otro púgil. Si él pudiese hacerlo, si pudiese soltarle un bofetón a mano vuelta al novato de Morales. Pero los tiempos han cambiado. Todo es diferente ahora. España está cada vez más lejos, allá abajo, al final de las cadenas que evitan la fuga de Valencia.
¿No vas a decir nada? —pregunta el joven.
Con un suspiro largo y sostenido, dobla el periódico y se pone en pie. Toca la campanilla y como colofón de aquel ritual exasperante, dice:
Morales, que son las nueve. No jodas.
El chirrido de los frenos acompaña a la rabia que trepa las mejillas de Morales. Parece que va a estallar. Que se rasgará la camisa, sin dar muchas voces, aunque a lo mejor saca la pistola, como hacen los de su calaña cuando discuten en los bares y zanjan la discusión sin palabras, con la simple presencia del arma sobre la barra. Pero no hace nada de eso. Vázquez le guiña un ojo y el otro, desconcertado, corre tras él.
¿Lo sabías? —pregunta a su espalda—. ¿Lo sabías?
Se apean cerca de Fernando el Católico y caminan hasta comisaría. No hay conversación alguna entre ellos. El tráfico es ruidoso a primera hora. A los petardeos de los motores se une el chirrido eléctrico del aerorail. Un enjambre de triciclos y bicicletas espera la señal de salida en cada paso de peatones. Cuando cruzan la puerta, un par de grises se cuadran. Antes de alcanzar el ascensor, un tipo de aspecto ratonil y anteojos de vidrio grueso sale a su paso desde una garita.
¡Vázquez! —Grita.
Coño, Jumilla —que no es su nombre sino el pueblo donde nació su padre.
La tienen abajo —anuncia tras bajar el tono. El conserje toma a Vázquez por el codo y lo obliga a inclinarse. Apesta a café y goma de borrar—. La cogieron anoche. La tienen en la nevera.
Vázquez murmura un ronquido que no abandona el pecho y asiente. Después busca con la mirada ese lugar oscuro en el que se arrojan las escaleras.
¿Crees que os llevará hasta ella? —lo interroga Jumilla sin soltarle el brazo—. ¿Sabe dónde se esconde…? Ya me entiendes…
El inspector no puede más que desviar la mirada a los dedos artríticos de Jumilla, en torno a su abrigo, como una garra horrorosa a juego con el aliento y la piel ajada del tipo. Hay miedo en sus ojos, un terror venido de otro tiempo, de los mitos y leyendas que habitan en ese pecho huesudo disfrazado de trabajador público.
¿Cómo sabes tú eso? —salta Mateo Morales—. ¿A qué viene tanta pregunta?
El conserje se aleja un paso. Levanta las manos nudosas a modo de disculpa.
Jumilla —añade Vázquez con un guiño cómplice—, vamos a llevarnos bien.
Jumilla desaparece en la garita, a espiar desde la tiniebla, ordenar el correo, dar recados y graznar las horas.
Y tú —continúa Vázquez sobre el hombro—, no levantes la voz.
Perdón —murmura, Morales, camino de las escaleras—. Me toca los cojones…
Esa boca, Morales.
Perdón.

La nevera, y unas pocas habitaciones más, son, en realidad, salas de archivo que se utilizan para otros menesteres y que quedan a disposición de la Brigada Político Social y sus necesidades. Es un escenario lúgubre, húmedo y frío, que cumple su cometido al momento. El largo pasillo, mal iluminado, distribuye puertas idénticas a ambos lados. El suelo está sucio. Las paredes necesitan una mano de pintura. Eso es todo. Los colores están prohibidos. Hay una mesa de despacho a modo de control de seguridad, con una lamparita diminuta que no ilumina más que un cenicero desbordado. Un par de tipos en mangas de camisa fuman en la frontera brumosa de las tinieblas.
Vázquez —dice uno cuando los ve aparecer.
¿La habéis cogido? —Pregunta él.
El agente sonríe con sorna y aplasta el cigarrillo en el cenicero. La articulación hidráulica de su codo chirría un poco. Su sonrisa desvela unos dientes de sierra, oxidados, que castañetean antes de hablar.
¿Tú qué crees? —Responde.
¿Ha dicho algo?
Ni una palabra.
Entonces —dice Vázquez—, ¿de qué coño te ríes?
Los agentes se agitan, incómodos. Morales se apunta el tanto y silba, con los brazos en jarras. El sistema de soporte vital de uno de ellos borbota bajo la camisa.
El veterano ruge y salta adelante. La gabardina flamea tras él.
¿A dónde crees que vas? —Exclama uno de los agentes, pero Morales se interpone.
Vázquez responde sin volverse.
Si no canta pronto la perderemos otra vez —dice—. O habla ahora o la conectamos a la máquina.
Morales sonríe con un lado de la cara y levanta una ceja. Es algo que aprendió en las películas americanas y que le gusta practicar frente a un espejo. Mala suerte, dice antes de salir tras Vázquez.

Hace frío en la nevera. Es un cuartucho de tres por dos. Sin ventanas. Una bombilla cuelga de un cable. Al fondo hay un somier de muelles conectado a una batería. En el suelo, en una posición de contorsionista, una mujer desnuda. Cierran la puerta tras ellos. La contemplan sin acercarse. Cuando la vista se les acostumbra, adivinan la barra de hierro que cruza la espalda tras sus brazos y comprenden la postura encogida.
Vaya cromo —murmura Morales.
La mujer se agita y balbucea. Tiene los muslos cubiertos de moratones.
Sácale la barra —ordena Vázquez.
Morales se clava el índice en el pecho y abre mucho los ojos.
¿Yo? —Dice—. ¿Estás loco? Es la graya. No pienso tocarla.
El veterano suspira y se pellizca el entrecejo. Después carraspea.
Soy el inspector Vázquez —dice a la prisionera—. No voy a hacerte muchas preguntas. Sólo una. Y quiero que me contestes.
Silencio. Algo gotea en alguna parte.
Te prometo que no van a pegarte más —dice, pero incluso a él le parece una burda mentira y se avergüenza sin motivo.
El otro se adelanta y la empuja con el pie. Ella cae de costado.
¡¿Vas a colaborar o no?! —Exclama.
Morales, hostia.
Perdón —musita y se hace a un lado.
Vázquez se acuclilla. Saca la barra que aprisionaba los brazos de la mujer y ella se derrumba con un gemido largo. Queda tendida de costado. Un murmullo apenas asoma a sus labios y el inspector se inclina y tiende el oído.
¿Qué dice? —Pregunta Morales.
El inspector se pone en pie y mira alrededor. Ignora a su joven compañero y la respuesta es más un pensamiento propio lanzado al aire.
El ojo —dice—. Que quiere su ojo.
Morales maldice y la insulta, pero él no le hace caso. En un rincón descubre lo que busca.
¿Qué es eso? —Pregunta Morales y se asoma sobre el hombro con actitud infantil—. ¿Qué es?
No tengo ni idea —responde el inspector—. Parece…
Parece una imagen. La típica medallita de latón. Aunque, al prestar atención, la virgen se destapa, en realidad, como un ojo con párpado en posición vertical. También podría ser un coño o una boca sin dientes, Vázquez no está seguro.
¿Es esto lo que quieres? —La interroga Morales—. ¡Contesta!
El inspector se arrodilla junto a ella y, con delicadeza, desliza la medalla alrededor del cuello de la Graya. De cerca, en la penumbra, parece una vieja, aunque sabe que no puede ser. Tiene las mejillas hundidas y los labios agrietados. ¿Cuánto tiempo lleva allí dentro? ¿Unas pocas horas? Aquel lugar tiene la facultad de volverlos a todos viejos, de consumir cuerpos y almas. De todos ellos, incluido él. El tiempo le da la razón sin necesidad de encañonarlo. Se ha hecho viejo por dentro y por fuera. Y con la edad uno sólo puede mirar hacia atrás porque delante, ¿qué queda?, la muerte, el dolor, la culpa, las confesiones falsas que la vida te saca a golpes. ¿Ves? Tenía razón. Viejos, todos viejos.
Diles que preparen la máquina —ordena a Morales.
La máquina es un artilugio de otro tiempo, tan poco fiable como una escopeta de feria. Sin embargo, no tienen otra alternativa. Necesitan una respuesta pronto o toda la operación dará al traste. Estás cosas hay que hacerlas rápido, antes de que corra la voz y los agentes se encuentren como un perro que persigue palomas en el parque. El hecho de confesar no tiene ninguna utilidad real si no produce el efecto deseado: más detenciones. En realidad todo se reduce a una secuencia interminable de detención-confesión-detención. Y así hasta el fin de los tiempos o hasta acabar con el último comunista. Lo que ocurra antes.
Con la ayuda de los otros, amarran a la graya a la máquina. Correas de cuero en los tobillos y las muñecas y émbolos y sensores por todo el cuerpo. Ella se somete porque hace rato que ha renunciado a todo. No confesará por propia voluntad. Es algo que Vázquez sabe bien. Lo ha visto muchas veces. Llegados a este punto pueden delatar a cualquiera, incluso al ratoncito Pérez. Y no es a él a quien buscan.
A una señal del agente a los mandos de control, Vázquez hace la pregunta.
¿Dónde está La Veneno? Repito. ¿Dónde está La Veneno?
Dan la corriente y la mujer se sacude. Es doloroso porque la verdad duele, salga a golpes o el remordimiento la vomite fuera. La máquina comienza una larga serie de pitidos que anteceden a su digestión mecánica. Los agentes esperan, hombro con hombro, frente a la bandeja de salida. Las rendijas expulsan vapores que hieden a sudor, a puchero de garbanzos y lejía. Un largo traqueteo precede la aparición de una pequeña nota de papel manuscrito.
Todos ceden el dudoso honor al inspector Vázquez. Él carraspea y se acaricia la yema del índice y el pulgar antes de tomar el papel. Lo lleva a la luz mortecina y lee.
Vicente Grau Moliner, el gallo. Calle de la Asunción. Benimatet. Valencia.

Aparcan frente a un descampado. Es una calle sin asfaltar, salpicada de socavones inundados. Casitas de planta baja a ambos lados. Ventanucos diminutos y oscuros en los que se intuyen sombras proletarias. Una manada de perros vagabundean de un lado para otro. Pájaros desplumados en los cables de la luz. Unos niños interrumpen sus juegos junto a un Simca al que parece alguien haya masticado y escupido. Vázquez aguanta la mirada a los pequeños de zapatos hambrientos. Busca sus ojos centelleantes bajo las cejas, allí dentro, ocultos en una madriguera heredada de padres a hijos. Finalmente, los niños salen corriendo, dando voces: la social, mare, la social.
Vázquez hincha los carrillos y resopla fastidiado.
Teníamos que haber traído a una pareja —dice.
¿Llamo a la Guardia Civil? —Propone Morales, echando mano de la radio emisora.
Benimatet es un barrio de las afueras, tan cerca del abismo que casi podrían decir que cuelga en el vacío. Es una de esas consecuencias lógicas a las grandes urbes. Un tumor al que darle la espalda y negar su existencia. Los turistas no lo visitarán nunca. El NODO enfocará las cámaras a otra parte mientras crece y crece cada año. Y entre los valencianos de huerta, inyecta inmigrantes extremeños y cordobeses, obreros de la construcción, peones industriales, buscavidas, chatarreros y un par de licenciados. Son la mugre y están enfadados. El lugar ideal en que encontrar a La Veneno.
Hace tiempo que andan tras ella. Mejor dicho, tras él. Era un hombre del interior, un maqui, que se vino a la ciudad a seguir con la lucha. Atracó un par de bancos. Puso una bomba en las grúas del puerto durante la huelga de estibadores. Un mal bicho, desafecto al Régimen. Bandolerismo. Propagador del marxismo y el contubernio judeo-masónico. Aunque, como tantos paisanos, huyó del pueblo para transformarse. Se dejó el pelo largo, se afeitó las piernas y los brazos, se pintó los labios. Es un revolucionario travestido. Por eso es cosa de la Brigada Político Social, por lo de repartir panfletos en las fábricas y animar a formar sindicatos. Lo de las faldas es sólo un agravante.
No —responde, por fin, Vázquez—. Deja a los tricornios tranquilos.
Morales desenfunda su pistola y comprueba la recámara.
¿Qué haces? —Pregunta el inspector. El joven duda, como si en la pregunta estuviese implícita la respuesta o hubiese algún tipo de trampa.
Vamos a por él, ¿no?
No me jodas, Morales —masculla—. Guarda eso.
Pero… —duda—, ¿por qué?
Porque yo lo digo, coño.
Mateo Morales no oculta su enfado. Guarda el arma en la chaqueta de forma brusca y abre la portezuela del coche de una patada.
¿Se puede saber qué te pasa? —Pregunta Vázquez cuando sale.
Me pasa que estoy harto.
Morales… —canturrea en tono de advertencia.
Es verdad, coño. Me tratas como si estuviese tonto. Y merezco un respeto. Por lo menos de la misma forma en que yo te respeto a ti.
El respeto se gana.
¿Y cómo piensas que podré ganármelo si no paras de meterte conmigo?
Vázquez rebusca en la gabardina. Saca una cajetilla de ducados y la golpea contra el dorso de la mano. Después, lleva un cigarrillo a los labios y ofrece otro a Morales. El chico lo acepta con un gruñido airado. El viejo policía repite sus maneras de ritual y enciende una cerilla. Ahueca la mano y ofrece fuego a Morales. Después, enciende el suyo, arroja la cerilla y da un par de caladas. Todo con parsimonia exasperante.
Está bien —dice, mirando a otra parte.
¿Está bien, qué?
Me jubilo la semana que viene —dice—. ¿Verdad?
Eso espero.
Vázquez ignora la puya y se explica.
Bien —dice—. Pues toma el mando. ¿Qué ocurre? Lo digo en serio. Toma el mando. Me haré a un lado. Tienes razón. Haz las cosas a tu manera y veamos qué pasa.
No me jodas, jefe.
Lo digo en serio, coño.
Pero… —farfulla—. ¿Y La Veneno?
A estas alturas, La Veneno debe de estar rumbo a Barcelona o Mallorca —dice—. Tendremos suerte si encontramos algo.
Mateo Morales duda. Inclina la cabeza y baja la mirada, casi de costado, como un animal desconfiado. Pensaba que todavía tenía que aguantar una semana más a aquel vejestorio malcarado, aquella gloria del Movimiento que estaría mejor guardada en una vitrina, junto con las medallas de legionarios y requetés. Retiene la sonrisa todo lo que puede. Apenas unos segundos más y se convierte en Steve McQueen.
Bien —dice al tiempo que da una palmada—. Lo haremos a mi manera.
Vázquez da una profunda calada. Asiente con los párpados entrecerrados y lo apunta con el cigarrillo.
Pero con calma —añade.
El otro ríe.
Comunistas y maricones —dice como si hablase consigo mismo—. Hoy es mi día de suerte.
Los perros callejeros observan desde lejos a los policías cruzar en diagonal la calle. Llaman a una puerta. Lo hace Morales. Primero unos golpes de nudillos y, cuando la respuesta no llega, con el puño y a la voz de: ¡Brigada Social! Vázquez apura el cigarrillo y prepara la placa. Escuchan el mecanismo del cerrojo y la hoja se entreabre, no mucho. Morales empuja y entra a las bravas. Vázquez suspira y lo sigue.
Dentro está oscuro y los detalles aparecen poco a poco a sus ojos. La casa no tiene recibidor. Es un saloncito al que dan dos puertas. En el centro una mesa y cinco sillas con asiento de esparto. Morales arrincona a la mujer que ha abierto la puerta. Es joven, aunque tiene aspecto de cansada. Sin embargo, su ropa es anticuada: vestido negro y delantal gris; el pelo recogido en un moño. Morales le da un bofetón cuando protesta y dice: ¡He dicho Brigada Social! Ella baja la mirada, pero no se cubre. Se la ve azorada y el bofetón ayuda a que los colores se arrebolen en sus pómulos. Morales la acosa con preguntas: ¿Quién está en la casa? ¿Dónde está Vicente Grau? ¿Cómo te llamas? ¿Dónde está La Veneno?
Vázquez da un vistazo alrededor. En las paredes unos pocos retratos en sepia de ancianos vestidos de labradores. Miran a la cámara con gesto trascendente y regio. También unas piezas de alfarería y trabajos en cáñamo. Al inspector todo eso le parece un viaje al pasado. Como si al atravesar aquella puerta hubiesen salido en la España de hace cuarenta años, en tierra firme. Y recuerda su infancia y la guerra y todas esas cosas que había enterrado en el armario de las medicinas. Al volverse descubre un montón de cuerpos apelotonados en un rincón. A las sombras aparecen ojos y cabezas desordenadas, brazos y orejas y bocas de sapo. Son tres o cuatro chiquillos. Niños y niñas que lo observan como una araña que espera en guardia.
Vicente es mi hermano —responde la mujer.
¿Y La Veneno? —Insiste Morales.
La Veneno no sé quién es.
En esta ocasión, el bofetón la lanza contra la pared. Un pequeño cuadrito con un poema bordado en un pañuelo vuela por los aires.
¡No me toques los cojones o acabamos todos en comisaría!
¡No le miento! ¡No sé de qué está hablando!
Morales levanta el puño, pero antes de descargar un mamporro mira a Vázquez. Hasta aquí llegan sus recursos.
Señora —dice el inspector—, no complique las cosas.
Le digo la verdad.
¿Dónde está su hermano?
En Francia.
¿Y qué hace en Francia?
Trabajar.
Ya. Claro.
¡Te he dicho que no me toques los cojones! —Morales lanza un puñetazo a la mujer, aunque esta se zafa y protege con los brazos. Fallar el golpe lo enoja más si cabe, así que la coge por el pelo y la lanza contra el rincón donde están los pequeños. Jadeante, abre mucho los ojos al descubrir a su público.
Los policías intercambian una mirada. Morales solícito y el otro como si fuese el tribunal para una oposición. De alguna forma, ambos se encuentran cómodos en esos nuevos roles que se han dado. El joven guiña un ojo y comienza a quitarse el cinturón y enrollarlo en torno a los nudillos.
Señora —insiste Vázquez, conciliador—, no lo haga peor de lo que ya está y responda a las preguntas de mi compañero, por favor.
Pero, ¿qué preguntas? —Chilla ella—. Ya les he dicho todo lo que sé.
Morales da un golpe al cinturón y lo tensa. Muerde el aire y masculla.
Es que no puedo con esta gentuza, de verdad.
Los golpes suenan a tambor roto, a muñeco de trapo. Ella gime un par de veces, hasta que algo se rompe y el aire escapa de sus pulmones todo de una. Todavía hay tiempo para una patada en el estómago. Vázquez, ahora sí, pone la mano en el hombro de Morales. Está sudando, el pelo sobre la frente.
Señora —dice Vázquez—, hágalo por ellos.
Y mira sobre el hombro a los niños. Ahí están, en el vacío del rincón, como un cuadro abstracto sumergido en betún. Espantados. Tienen tanto miedo que no lo olvidarán nunca.
La mujer gimotea algunas excusas y él niega con la cabeza. No es ninguna impostura, le apena realmente aquello. Todo podría ser mucho más fácil, como en un ring. A mitad de cuenta ella levanta la mirada. Tercer asalto.
Bien —dice Vázquez antes de cavilar las siguientes palabras—. Veremos qué opina el juez. Los niños acabarán en un orfanato y salir… lo que se dice salir, de ahí no se sale. ¿Qué ocurre? ¿No me cree? ¿Tiene usted teléfono, señora?
¡No!
Vázquez se pone en pie y saca otro cigarrillo.
¿No tiene teléfono o no quiere que llame al juez?
Ella baja el hocico y brama. No habla. Vázquez lo comprende. ¿Para qué hablar? Si todo fuese tan sencillo como en el cuadrilátero. Mueve los pies. A un lado, a un lado. Lanza un jab de izquierda. Izquierda. Izquierda. Cintura. Mucha cintura. Por fin, crochet demoledor y al suelo.
Voy a buscar un teléfono y que vengan los civiles —dice. Después, ofrece un cigarrillo a Morales.
El joven agente lo toma y, con una sonrisa sádica, lo guarda tras la oreja derecha.
Para luego —dice.
Vázquez da media vuelta y camina hasta la puerta, pero detiene su mano en la llave. Mira atrás. Morales se acaricia la entrepierna. A sus pies, la mujer lloriquea. Es hora de retirarse y ceder la corona. Los años lo han vuelto un blando de mollera dura. Suena la campana. Tres veces. En cierta manera, Morales es él mismo, con todo el ímpetu y fanatismo y todo aquello que hizo durante la juventud por el Movimiento, por España. Siente que, al salir por la puerta, se libera de algo. Hay algo de catártico en ello. De repente siente que al contemplar a Morales se concede el perdón. Que atrás queda el pasado y todo lo otro delante, incluida la memoria. Así que imagina sus vacaciones, con Paqui, en la costa. Levantarse tarde, salir a pasear, vermut, siesta, pescar. ¿Quién no quiere eso? ¿Quién no quiere asomarse al abismo? En Valencia, la ciudad flotante. Das una patada y te salen estudiantes comunistas, obreros, putas y drogadictos. Eso no hay quien lo pare. Quizá Mateo Morales lo intente un tiempo. Unos años más. A golpe de bañera y cinturón de cuero. Hasta que suene la campana. Al rincón. Se acabó lo que se daba. Vencedor a los puntos: el pueblo borracho, sucio y rojo. Es el momento de abandonar el ring. Vázquez sabe que solo es el principio. Cuando acabe, él estará de vacaciones.
Escucha el clic muy claramente. No pasa un segundo entre un sonido y la explosión, pero puede escucharlo perfectamente diferenciado. Clic. Un percutor que golpea. Clic. Y al instante la detonación y la cabeza de Mateo Morales estalla en mil pedazos. El cuerpo descabezado sacude los brazos de forma un tanto ridícula y cae como un títere inservible. Hay salpicones de sangre y sesos en las paredes. Mira abajo. Tiene trocitos de hueso y jirones de su cara en la solapa de la gabardina.
El cañón aparece desde la puerta al fondo y tras él va una mano, un brazo y La Veneno. Nadie hace nada. Silencio absoluto. Por un momento, Vázquez cree que ha quedado sordo por el escopetazo. Mira a la mujer y a los niños-araña en busca de una respuesta, algo que le confirme: es real, está pasando. Pero nada de eso ocurre y todos permanecen así, petrificados a ojos de La Veneno.
Y la mira a ella, a él o a lo que sea. Porque ser, todavía no sabe lo que es. Hinca en el hombro la culata de la escopeta de dos cañones recortados. Los ojos verdes destacan en la piel pálida. Pómulos altos, mentón cuadrado. La boca tan recta y carnosa. ¿De dónde ha salido? Es una aparición, una sombra venida desde ese lugar en que los hombres como él no pueden fijar la vista. Es roja, maqui, terrorista, obrera, es otra cosa y no pertenece al mundo que tanto se han esforzado por moldear a golpe de fusilamiento y NODO. Es guapa, se dice Vázquez y el pensamiento lo desconcierta y busca el apoyo de nuevo en la mujer, que ya no llora, y en las arañas-niño, que no pierden detalle. Petrificado, todo de piedra. Es guapa. Clic.

Guillem López. 2016.




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